FERNANDO ARRABAL
(Melilla, 1932)
L'aigle american hétérodoxe.
étêtant la vaniteuse orthodoxie léniniste

1984
95 x 71.5 cm,
(acryle et collage sur toile
)

LA BIBLIOFILIA DE ARRABAL

Miguel de Luna
Son muchos miles los editados pero solo unos pocos los elegidos: un libro publicado en España, el "¡Houellebecq!" del pintor, poeta, dramaturgo y cineasta Fernando Arrabal (Hijos de Muley-Rubio), se ha "colado" en la tradicional "rentrée" literaria francesa y ocupa un lugar entre las pocas decenas que ocupan la atención de la crítica libresca. Todo gracias a una coincidencia "patafísica": Michel Houellebecq le envió hace siete años un fax al dramaturgo español, se conocieron, le regaló sus poemas y éste le correspondió con un último ejemplar de bibliófilo de su libro "Lanzarote" (con fotografías de Emmanuel Sanz), lo que le decidió a viajar y conocer la isla, surgiendo desde entonces una amistad que aún perdura. Fue la prestigiosa editorial parisina Le Cherche Midi quién compró hace unos meses a los editores españoles de HMR los derechos de edición a cambio de un anticipo de unos pocos miles de euros y el 8% de las ventas. Resultado: la apuesta ha acertado de pleno y tras salir el 18 de agosto con diez mil ejemplares en las librerías de toda Francia, ya se han producido las primeras "reposiciones" por estar el volumen agotado, según fuentes próximas a la editorial francesa.

Los editores parisinos respetaron la estructura del libro en su edición príncipe española, aunque sin el grabado y las fotografías originales, añadiendo tan sólo como epílogo unos poemas autógrafos de Arrabal y Houellebecq. Precisamente el de este último es el que ha dado pie al título de su ultima novela: "La posibilidad de una isla", ambientada en el sur español y que está siendo la gran sorpresa de la temporada: arrasa en las librerías y la editorial Fayard, que había salido con 200.000 ejemplares de tirada, se ha visto obligado a aumentarlos en otros 50.000. Un sondeo del periódico Libération del 3 de septiembre revela que Houellebecq está vendiendo entre 130 y 250 ejemplares diarios en el Virgin Megastore de los Campos Elíseos, barómetro que usan los diarios franceses para medir el comportamiento de los lectores en las librerías de las grandes superficies. "En 17 años jamás he visto esto por una novela. El mismo "Código Da Vinci" vendía 70 ejemplares diarios", ha declarado a este periódico frances Laurent Bonnelli, responsable del centro. Sólo la novela "Ácido Sulfúrico" de Amélie Nothom se le acerca, con 50 ejemplares al día, mientras que los otros títulos de Houellebecq han duplicado sus ventas habituales.

Entre las librerías independientes consultadas por Libération, el veredicto de las cifras parece ir en el mismo sentido. Según el sondeo "Datalib" del sindicato de la Librería Francesa (SLF), Houellebecq va a la cabeza de las ventas y alcanzaría en sólo once días el 70 % del total, seguido de "Ácido Sulfúrico" (20%), "Una fiesta de lágrimas" de Jean d'Ormesson, "La nieta del señor Linh" de Philippe Claudel y "La novela de Jardín" de Alexandre Jardin, que ocupan el resto.

Pero junto a estas editoriales francesas de caracter multinacional (Fayard, Albin Michel, Laffont, Stock, Grasset...) se han "colado" también estos pequeños editores españoles: cuatro libros acaparan igualmente la atención de la prensa gala, que no se esperaba el "boom" Houellebecq y ha necesitado de otros volúmenes para evaluarlo. Así, a "Houellebecq o la provocación permanente" de Jean Francois Patricola, "Houellebecq no autorizado" de Denis Demonpion y "¡Socorro, vuelve Houellebecq!" de Eric Naulleau, se le ha unido el "Houellebecq" de Arrabal, el único de los cuatro que sale en defensa del joven escritor de la isla de Reunión, perteneciente a la ultraperiferia francesa en Africa.

El propio Arrabal, sorprendido por el "tirón" que su libro está protagonizando en Francia ante esta actitud "heterodoxa", ya se ha hartado de la "eterna controversia Houellebecq": tras un agotador periplo por todas las televisiones francesas que lo han reclamado para hablar de su última obra, ha decidido suspender sus apariciones catódicas. "Con 200.000 ejemplares creo que ya basta", ha declarado el que fue pionero en "descubrir" al joven francés cuando era un poeta "maldito" y "minoritario".

ARRASTRA POLVAREDA

Sin embargo, la polémica tambien ha acechado al propio Arrabal y parece ser lo inevitable en estos casos de grandes tiradas y polvareda pública: del casi centenar de reseñas que ha recibido su libro en la prensa francesa (tambien alemana e italiana), dos críticos han resaltado la leyenda con la que el autor abre la primera página del volumen: "Los textos y el orden de este libro son los de la edición española de marzo de 2005. El editor ibérico le dió la sorpresa a Fernando Arrabal de seleccionar algunos escritos dedicados a Houellebecq y aparecidos aquí o allá desde 1999".

"¡Una "sorpresa"! Creemos que sueñan... Una nueva raza de escritores ha nacido: el autor responsable del contenido de su libro pero no del orden de las páginas, ni de su elección", ha escrito Pierre Assouline, ex director de la revista "Lire". Sus palabras suscitaron los comentarios de 55 lectores en su blog personal, entre los cuales una admiradora aclaró: "Se trata de una obra realizada en un principio por el editor español de Arrabal a partir de piezas de textos, de entrevistas, de artículos internacionales. No es una decisión de Arrabal ni una obra separada y puede reconocersele su única paternidad. Sin embargo a pesar de este lado encolado "pánico", el libro no pierde del todo su interés. "Houellebecq" de Arrabal es un libro ovni que no procura gustar, un objeto verdadero que se entrega a quién lo lee en todos los sentidos y que devuelve al gusto de hoy en día una vieja tradición literaria: las tertulias de salón entre escritores. Entre fútil y lindo, entre serio y surrealista. Desde luego es un ejercicio un poco narcisista, megalómano y movido pero esto no carece de encanto y no se parece a ningún otro escrito de la rentrée literaria. Merece pues un aplauso por su originalidad. Una verdadera curiosidad que, pese a lo que lo diga Pierre, cumple bastante bien sus expectativas. ¡Arrabalesco!".

Más ácidos han sido los reproches del investigador en fisica y funcionario francés de origen español, Luis González-Mestres, para quién "en el momento en el que el miembro del Comité de Honor de Francia-Israel, Fernando Arrabal, el antirrevolucionario y el lavandero del neofranquismo bajo la monarquía española, publica un libro de sostén del perdonavidas del Islam y eugenista Michel Houellebecq, (la secta de) Raël también corre para rendir homenaje a este autor".

Por fortuna para Arrabal, la calurosa acogida a su libro ha sido la nota predominante en Francia. La revista Le Point de septiembre le dedica elogiosamente 3 de las 8 páginas sobre el "fenómeno Houellebecq" y dos planas la periodista Christine Ferrand en "Livres Hebdo", aunque ha sido Florent Georgesco quien ha batido el record: "La Revue Littéraire" de septiembre otorga 23 páginas a una entrevista monográfica sobre su libro. Junto a ellas, "La Nouvelle Revue Française" (Gallimard, sept), "Les carnets du Rond-Point" (nº 3-4), "Viridis Candela" (nº 21), "L'Atelier du roman" (nº 44 de sept.) que anima Milan Kundera, también publican amplios artículos entre la prensa literaria especializada.

"INIMITABLE, ANTOJADIZO Y ORIGINAL"

Entre los periodistas de los grandes diarios, la recepción también ha sido positiva. Desde Le Monde (Franck Nouchi) a Libération (Lilian Massoulier) o Le Figaro, que representan tendencias políticas muy distintas, el libro de Arrabal ha sido aplaudido. Jean-Jacques Nuel apunta que "estos ensayos producen una suerte de encantamiento y en las síntesis poéticas y cortocircuitos del sentido, Arrabal encuentra fórmulas que son auténticas revelaciones". Tambien la prensa regional y provincial francesa: L´Opinion, Midi Libre, Toulouse News, Magazine de Marsella... Frederic Vignale, crítico de este último medio, afirma: "El ejercicio literario era más que peligroso. Podría haberse desfigurado con rotundidad. En efecto, ¿que decir sobre los postulados de un escritor que glorifica a otro escritor, y es más, en vida suya, y esto apenas algunos días antes de la más esperada de las salidas librescas de éste?". Y añade: "¿Golpe de efecto, recuperación popular, parasitismo, admiración desproporcionada? Reconozcámoslo: antes de sumirnos en el "Houellebecq" de Arrabal, sabíamos de su seriedad a priori. Sin embargo, forzoso es confirmar que el más francés de los españoles sale de allí con todos los honores y nos ofrece, en esta obra extraordinaria, una visión jamás escrita sobre Michel Houellebecq, su amigo al que trata de "usted" y para el cual casi consagra un redoblado culto con mucha ternura y respeto". Vignale concluye su crónica así: "Difícil de resumir, "Houellebecq" de Arrabal es un verdadero trabajo critico de radiografía sensible y latina sobre y alrededor de este anónimo informático", pues es "inimitable, antojadizo y original". Para Arrabal, Houellebecq es un genio en el sentido primigenio del término, "nos lo explica muy bien al principio de su libro, y y podemos decir después de su lectura que tuvo el genio de convencernos, de interesarnos y de divertirnos. La obra ideal para preparar bien su rentrée houellebecquiana. Una verdadera sorpresa editorial. A leer a la sombra". Similares comentarios ha recibido en Alemania (Der Spiegel, Die Press) o Italia (L`Unitá), en una entrevista firmada por María Serena Palieri.


HOUELLEBECQ, EN ESPAÑOL

Federico Utrera

En una reciente encuesta realizada por la sección cultural de Radio Francia
Internacional a propósito de Michel Houellebecq y su nuevo libro, "La
posibilidad de una isla", mi entrevistadora me preguntó si el escritor
francés era conocido y apreciado en España, por cierto, uno de los tres
países de la Unión Europea donde reside, tiene vivienda en propiedad y pasa
largas temporadas. Manifesté serias dudas al respecto. Requerida mi opinión
supongo que por estar gozando del privilegio de haber editado el último y
único libro en español sobre el literato galo, escrito por Fernando Arrabal,
esta rara experiencia me ha proporcionado un conocimiento cercano sobre los
similares sentimientos que a su vera suscitan ambos amigos, artistas tan
distintos. Y debo reconocer que el resultado de esta observación ha sido
paradójico: la popularidad de sus controvertidos gestos y polémicas
declaraciones corre pareja a la ignorancia en general sobre su obra y
también sobre sus sentimientos "reales" y no solo "mediáticos", enfatizados
o dramatizados. A estos dos tímidos irredentos les han colgado la etiqueta
de "provocadores" y de ahí ya no saldrán probablemente el resto de sus
vidas. Sólo su óbito, que ojalá se dilate más que el de sus entomólogos y
censores, aliviará y hará más juiciosa y menos apresurada la lectura y
digestión de sus creaciones, como pasa casi siempre.

El "¡Houellebecq!"de Arrabal salió a la luz en marzo de este año en España
y sólo ha provocado la curiosidad de tres críticos literarios, que lo han
tildado coincidentemente de ³timo², ³poco valiente² y ³repetitivo². En
Francia, en cambio, de momento se ha saludado su llegada con algo más de
ecuanimidad desde medios tan dispares como el omnipresente Le Point o el
periférico Magazine de Marsella, porque el acontecimiento al menos es
patafísico y demuestra una vez más que la excepción triunfa sobre la regla:
este libro es uno de esos 670 volumenes que han inaugurado la célebre
reentré parisina con una originalidad: ha sido publicado antes en España que
en Francia. Si en periodismo la noticia es siempre lo inesperado, se diría
que esta hostilidad o vacío crítico se debe a que la mayoría de los
escritores españoles inunda siempre con sus últimas obras el competitivo y
complicado mercado literario galo -faro y guía de la literatura europea en
el resto del globo- y que las editoriales francesas se nutren habitualmente
de las novedades españolas para alimentar los plúteos de sus librerías en
otoño.

Ignoro si ahora que en París han dado su visto bueno, este houellebecq en
castellano arrabaliano comenzará a interesar a los especialistas literarios
españoles o si éstos reaccionarán aún más tarde o de manera más despectiva
que cuando lo hagan los ingleses, italianos, alemanes, chinos, japoneses,
taiwaneses o coreanos, por citar tan solo a los editores y traductores de
otras lenguas interesados por este volumen. Aguardo esta otra lección de
literatura comparada con curiosidad, aunque sea siempre malsana.

Y aunque tengamos que esperar a noviembre para leer ³La posibilidad de una
isla² en español, mi veredicto sobre este autor no se demorará hasta
entonces: considero que Houellebecq es hoy uno de los pocos escritores
nuevos que ha sobrevivido al descrédito de la novela en la república de las
letras en el siglo que comienza. Arrumbado por el predominio de lo
audiovisual, el género literario por excelencia y diosa de la literatura, se
ha convertido para muchos lectores, entre los que me incluyo, en un
ejercicio ombliguista y sobre todo aburrido donde no se dirimen sino las
neurosis, inquinas y nimiedades líricas o costumbristas de los que sin rubor
las suscriben a bombo y platillo. Por no salir del solar hispano, algunos de
los autores más veteranos, que se han apercibido de la confusión general
sobre el ³novelista² al uso, se han retirado del escenario y han anunciado
que echan el telón, aunque sea de boca, porque el dinero no huele y no
desean ser confundidos con la transparente telaraña de intereses,
malentendidos, presuntuosidades e imposturas que tanto predomina.

Como lo que abundan son las maledicencias, debo confesarme ante la sacristía
cultural por un gran pecado que ruego estime venial: me gusta Houellebecq,
le amo. He hablado una sola vez con él y se lo dije y sólo me avala el
argumento de haber leído todas sus novelas y ensayos y casi toda su poesía,
disfrutado su vídeo-arte (al alimón con los italianos de Masbedo y un actor
de La Fura) y deleitado con su música, de su album "Presencia humana", con
el que participó en el festival de Benicassim.

Houellebecq no condena ni propone y ahí reside parte de su encanto, es
terriblemente contemporáneo en sus asuntos (clonación, sexo, terrorismo,
inseguridad, masturbación, nudismo...), en sus tramas (turismo sexual,
ciencia, amor, religión...) y en sus personajes (un funcionario, un
periodista, un policía, una turista...). Posee la cualidad de hablar claro y
ser incomprendido, como los grandes paquidermos de la literatura universal.
Se le tachó de islamófobo aunque uno de sus personajes se casó con Aixa, una
marroquí, para huir de Bruselas, pero estas navegaciones contracorriente que
desencajan las piezas del tópico habitual, la crítica facilona y los
pellizcos de monja, se silencian siempre. Africano de nacimiento (nació en
la isla francesa de Reunión, más lejos aún que nuestra ultraperiferia
canaria), los reproches de sus personajes a determinados aspectos de las
culturas orientales (el papel de la mujer o la religión) no son más
contundentes que las diatribas contra las sociedades occidentales
(deshumanizadas, insensibles, insolidarias...). No es políticamente
correcto, pero yerran los que lo recluyen en una ideología concreta.
Houellebecq presagia y atisba un nuevo ideario del que apenas nada conocemos
en su desarrollo teórico y su dualidad práctica (mercado, sexualidad, droga,
nacionalismo...). Creo que se precipitan quienes ven en su escritura al
típico arrogante europeo porque nunca ha ahorrado epítetos para denigrar su
embrutecimiento.

¿Quiere esto decir que hay que estar de acuerdo con todo lo que dicen todos
los personajes houllebecquianos? Marran de nuevo quienes buscan en una
novela lo mismo que en una oferta política en período electoral: de la misma
forma que es difícil estar de acuerdo o no con las andanzas literarias de
Don Quijote o Sancho Panza o con los personajes de la Celestina, se hace
complicado identificarse del todo con Michel, el protagonista libresco
bautizado como su autor, y vivir de cerca sus arriesgadas aventuras. Pero de
lo que no hay duda es que, pese a la drástica división de opiniones que
suscita (mi esposa lo considera inaguantable y he pulsado comentarios menos
benevolentes aún en otros lectores), Houellebecq consigue revolvernos, de
eso no hay duda. Y hoy en día, lograr que una retahila de letras impresas
conmueva mas allá de las visiones apriorísticas o empaquetadas y en tiempos
de tanta rivalidad para captar los escasos momentos de ocio o sosiego que
tenemos, es decir mucho. Por eso, a los que nos gusta leer su estilo y sus
enfoques, nos resulta difícil no caer en la apología: vemos tantos
detractores a su alrededor que gustosos asumimos un papel que sería algo más
matizado y sutil si contempláramos menos saña y visceralidad entre sus
ruidosos antagonistas o evaluáramos el presunto delito entre más
cultivadores de esta veta.

El mundo que describe Houellebecq no me gusta aunque es el mío, tampoco las
ideas de algunas de sus figuras literarias que vemos todos los días en la
prensa y en la calle, ni el futuro -que más bien es presente- aséptico, frío
y poco altruista que se deja vislumbrar en sus novelas, siempre con humor y
erotismo. Es alentadora, en cambio, la confianza que a menudo expresan en la
clonación como la próxima religión que, administrada por civiles sacerdotes
científicos, dirimirá entre los creyentes sobre lo divino y lo humano. Pero
mas allá de la sana diversión y reflexión con que me animan y entretienen
sus libros, con Houellebecq reivindico también el derecho del escritor a
expresarse en libertad, aunque sus tesis no coincidan con las mías y aun a
riesgo de que eso me encasille entre la grey plural, hermética y algo
secreta, de sus panegiristas y degustadores. Esa es la contradicción que
escuece y alienta la lectura de Houellebecq, como le ocurre a otros pocos
escritores ya veteranos (Goytisolo, Arrabal, Ferlosio, Vargas...) e incluso
algún que otro joven (Baricco). Por esta razón animo a los traductores
españoles a que sin el aguijón de la vanidad pero sí apremiados algo por el
de la urgencia, nos den pronto a conocer esta nueva ínsula houellebecquiana
ambientada en el sur español, como antes hizo con Lanzarote. Existe la
posibilidad de que su depresionismo sea un último "ismo" al que agarrarse...