| MISTICOS Y VOLUPTUOSOS Federico Utrera Que los místicos nunca han estado de moda es algo comúnmente aceptado y que solo el paso de los siglos depura y aquilata el trabajo de los creadores en cualquier rama del Arte parece tambien una idea que el paso del tiempo confirma. La poética de San Juan de la Cruz le granjeó enemistades, inquisiciones y ostracismos, la alegría espiritual de Santa Teresa fue motivo de mofa y escarnio entre sus coetáneos, a Miguel de Molinos le marcaron el camino del exilio por similares motivos... Ahora, en el siglo XXI, las obras de estos ilustres místicos se leen al menos sin los recelos de antaño y se les reconoce, ya sin tantas dudas, la cúspide de la lírica española. En novela tambien ocurre: ya nadie discute que Miguel de Cervantes o Fernando de Rojas arriaron muy alto la bandera de las letras por más que fueran sus congeneres Lope y Quevedo los que se llevaran los reconocimientos, los fastos, las ventas y las soldadas. Pero curiosamente los otros fueron voces únicas, no sujetas al tiempo y al espacio en el que vivieron, sin más servidumbres ni mansedumbres que las que dictaba su genial espíritu innovador. No estaban agrupados por generaciones, lugares de procedencia o fechas de nacimiento, eran creadores singulares, originales, con una sólida autoexigencia ética, con una brillantez apreciable hasta por el más vulgar o envidioso de sus conciudadanos. Entonces decir esto hubiera sido tachado de idiotez, pero ahora los que han quedado así retratados son los críticos y gobernantes que los denostaron o ignoraron. Sin ningún afán de entomólogo del arte canario del siglo XX y como mero aficionado a las expresiones artísticas contemporáneas sí que me ha sorprendido el escamoteo que habitualmente sufren en las Islas los creadores que alcanzan las mayores cimas de reconocimiento fuera de sus fronteras. Sin querer entrar en la literatura o el periodismo por ser actividades colindantes a la mía, sí que voy a detenerme en dos casos muy flagrantes, muy evidentes. Se trata del pintor Cristino de Vera y del poeta Andrés Sánchez Robayna. Los santones o las vírgenes de la cultura oficial, cuya pureza de criterio no ha quedado nunca suficientemente acreditada, se esfuerzan una y otra vez en ningunear a estos dos creadores con una insistencia digna de mejor causa, aunque tanto el pintor como el poeta "sufren" estas "caricias" con indudable buen humor. Las escasas horas que posee el día, descontados sueños, vigilias y ágapes de los que al final administran la salmuera del espectáculo y la programación cultural, no suelen despilfarrarlas estos dos artistas en las distracciones de los aduaneros de la cultura insular, en célebre definición de Ernesto Pestana en su no menos conocido artículo sobre la gallega Maruja Mallo, otra enamorada de Canarias. El interrogante reside en conocer las razones por las que estos marchantes del glamour artístico siempre se fijan en los místicos como objetivo de sus estrafalarios criterios de selección y programación, por qué son siempre los que cultivan la espiritualidad y el intelecto el blanco de todos sus desmanes. Es algo que siempre me ha dado que pensar. Los grandes creadores huyen siempre de la agrupación generacional o el origen étnico, político o geográfico que mercadea prestigios, presencias y galardones con el habitual toma y daca, que además suele ser casi siempre con dinero público. Entre otras razones, por esto Cristino de Vera y Andrés Sánchez Robayna suelen ser más apreciados fuera que dentro del Archipiélago. José Angel Valente, a quien la Fundación César Manrique de Lanzarote homenajeaba frecuentemente sin mirarle el carné de identidad, dedicó uno de sus más fértiles ensayos en Variaciones sobre el pájaro y la red a las analogías existentes entre la expresión mística de autores cristianos, judíos, musulmanes y budistas, materia en la que Cristino de Vera es un consumado lector. Hace poco lo sorprendí con un libro de Krishnamurti entre las manos, el gran sabio de Sri Lanka que cautivaba a Aldous Huxley y que el pintor canario conoció en la India. Lo mejor que nos podría pasar en esta época de tanto fanatismo e intolerancia religiosa, cultural, política, deportiva etc... es que fuéramos a una globalización tambien del hecho religioso, algo que ha sido captado intuitivamente por los místicos, cuyo lenguaje -aún con sus matices y variantes- encuentra en la experiencia extrema la esencia de todos los lenguajes y la versatilidad de sus manifestaciones. Algo de esto apunta Robayna, el sucesor de Valente junto al huidizo José Miguel Ullán en el campo de la lírica en lengua castellana, a decir de algunos críticos. Cristino de Vera y Sánchez Robayna no son tampoco demasiado ambiciosos: solo aspiran a exponer o publicar sin necesidad de plácet político, pretenden expresar su opinión en voz alta desde una escrupulosa independencia del poder, no desean ninguna ganga ni quitar puestos o privilegios de nadie. Exiliados interiores frente al arribismo campante, su neutralidad frente a galardones, academias, minutos televisivos y radiofónicos o titulares de prensa los convierten a menudo, a pesar de su desdén, en víctimas involuntarias de los practicantes del elogio hueco o la malsana envidia, la zancadilla y el codazo que busca solo catapultar egos. En Arte debería estar sancionado el exceso de ego como el más abominable de los crímenes. El retraimiento y la discreción se confunden a menudo con prepotencia y altanería que solo aparecen dibujados en mentes poco curiosas. El escritor Juan Goytisolo suele decir que para ellos la ironía es una distancia insalvable y el silencio, un elocuente desprecio. El alejamiento y la rareza se convierten en pecados de exclusión mientras el resto de la urbe cultural observa la feria de los papagayos con el mismo interés que un exotismo. Ya lo dice el manido refrán: "nadie es profeta..." ¿Pero es cosa de profetas o de jetas? Ninguna de estas reflexiones tendría la más mínima validez si no se pudiera acompañar con ejemplos que demuestran hasta que punto se ha instalado la mezquindad en nuestros gestores culturales, múltiples y variados en su pelaje institucional e ideológico, o más bien dogmático. La infeliz casualidad ha querido que la exposición titulada "Calma y voluptuosidad. Arte del siglo XX en Canarias", que permanece abierta en Madrid hasta el 5 de junio, deje fuera una vez más a Cristino de Vera. La sospechosa ausencia en esta bella muestra invalida la Medalla de Oro de Canarias que se le otorgó al pintor cuando ya tenía 64 años, toda una apuesta de futuro: "No es posible reflejar la historia canaria de la pintura sin que en ella existan varias páginas dedicadas a Cristino de Vera", escribió entonces en el real decreto un presidente apellidado Hermoso, creo que del mismo partido que el que gobierna ahora. O a alguien le han colado un gol por la escuadra o faltan hojas en esa recopilación del "Arte del siglo XX en Canarias". Ni siquiera han tenido la buena educación de reconocer la generosa donación de obras que realizó a la Autonomía. Si el desafuero se hubiese producido en la Península cabría alegar ignorancia en quien desconociese al Premio Nacional de Artes Plásticas, al protagonista de los poema de Gerardo Diego y Pepe Hierro, al seguidor de Giotto, Cezanne y Zurbarán, a la viva encarnación de El Greco que a ese pintor valenciano enfermo de Sida que era Pepe Espaliú tanto le fascinaba. Pero en Canarias no cabe alegar olvido o desmemoria. Cristino de Vera es quizás "demasiado" conocido. El recientemente fallecido Manolo Padorno se hubiera ruborizado porque seguramente pensaba que en Canarias caben todos, con idéntica razón los que son más reconocidos por su brillantez o su trabajo fuera de sus aguas. En este mismo periódico, Padorno pidió ya en 1987 "Una taza de luz para Cristino de Vera", pero quince años antes era el propio Eduardo Westerdahl, crítico y director de Gaceta de Arte, quien escribía sobre su exposición en el Círculo de Bellas Artes de Tenerife. El trabajo de Fernando Castro Borrego en el catálogo de "Calma y voluptuosidad" reconstruye con acierto como Westerdahl, Pestana y Domingo Pérez Minik constituyeron la "vanguardia insular", la misma que en la revista La Rosa de los vientos advertía contra "los aduaneros regionalistas, portadores de todos los vientos universales de nuestra cultura. El arte siempre ha hablado en lengua universal". Pero muerto el César, al más estudiado fuera de los pintores canarios vivos se le oculta, infructuosamente creo yo, con tal esfuerzo económico y físico que inevitablemente conducirá a estos arrieros de la programación a la melancolía. Desde que hace 50 años tuviera el privilegio de frecuentar a su maestro Daniel Vázquez Díaz, Cristino escribió: "Despues de los espacios vacíos y atrayentes de un Tapies, Rothko... algo debía venir... Quizás una nueva mística de las vísceras de un Joyce..., de la fantasmagoría de un Kafka..., de un personaje desesperado en la noche de un Beckett". Ahora, fuera de los circuitos comerciales, (es el primer pintor que ha visto su obra expuesta en el Museo Arqueológico Nacional, quizás porque sea ya un fósil, como el mismo dice con ironía), ha pasado por los mejores escenarios del Arte Contemporáneo, en España y en el resto del mundo, desde los madrileños Arco o MEAC, el canario CAAM e incluso en Nueva York -"Desde el volcán"-. Ante él se han entusiasmado los más certeros investigadores del arte moderno, pero en Canarias algunos mediocres aspiran todavía a hacerle daño. Eso solo lo aguanta en silencio su escueto cuerpo de bailarina. El azar tambien ha querido que el estimulante proyecto de intercambio poético "De Canarias a Marsella", que reunía a doce poetas marselleses y a otros tantos canarios en el Circulo de Bellas Artes de Madrid, esta vez al alimón entre el Gobierno canario y el Cabildo de Tenerife, tuviese lugar el mismo día, en el mismo lugar y a la misma hora en que el místico Andrés Sánchez Robayna presentaba su último libro de poemas "El libro, tras la duna". Pareciera como si quisieran enterrar al literato en una playa de Fariones, lugar donde por cierto se sentiría menos presionado por estas vicisitudes que lo convierten aún hoy en el blanco preferido de los que dedican sus ocupaciones a procurar la formación y cultura de los demás. "Contraprogramar" a un poeta canario que se abre paso poco a poco y con voz propia en el abigarrado mundo de las incomprensiones poéticas peninsulares con un acto oficial a celebrar en el mismo día, lugar y hora demuestra una sobredosis de maldad que debería ser impropia en quienes manejan nuestros impuestos, incluídos los de Robayna, que no debe ganar mucho aunque sea multimillonario en algo que quizás otros sean incapaces de comprender: su libertad. Místicos y voluptuosos, todos caben en el Archipiélago, por más que a algunos la independencia de criterio, crítica o bandería les resulte insoportable y pretendan por ello convertirla en algo maldito. Si Padorno levantara la cabeza...
Silencio... en Silos...
en el trabajo Un monje sevillano del Monasterio de Santo Domingo de Silos (Burgos) describe el clima en su cenobio: "llevamos seis meses sin ver el sol". Cuentan en estas tierras que a veces alcanzan los 15 grados bajo cero y quedan aisladas por la nieve, que sólo hay dos estaciones, el invierno y la de ferrocarril, y que los veranos son efímeros: el año pasado cayó en jueves. La pregunta es por eso pertinente: ¿Que pinta un canario en Silos? Tratándose de Cristino de Vera, pinta mucho y bien. Ahora en primavera es fácil llegar a Burgos y aún más al Monasterio de Silos. En el claustro de la abadía benedictina ha estado expuesta la obra de Cristino de Vera (Tenerife, 1931) durante tres meses hasta su reciente clausura, para dar paso a las geniales esculturas en mimbre de Susana Solano, que aprendió a manejar en las islas Azores, insoportables para los impacientes. A las originales tazas, velas, craneos -el pintor los llama vanitas- platos, paños y flores de los dibujos de Cristino se le han sumado la cruz larga, el cristo blanco y esa luz negra de esta zona peninsular mesetaria y encapotada que en mesurada coctelera con el silencio alumbraba a Juan de la Cruz y a Beato de Liébana. Ese carácter seco y parco, austero y sobrio del castellano de Burgos contrasta con la grandiosidad de su gótico. Los contrarios se atraen. El escritor castellano Jesús Torbado asegura que a la provincia le ha perjudicado esa asociación permanente con don Rodrigo Díaz de Vivar, "El Cid Campeador". También la decisión del general Franco de establecer en 1936 la sede de su rebelión, por cuestiones no ideológicas sino geográficas, quedando allí la Capitanía General Militar: "fuera de la belicosidad de condes antiguos y de grandes mercenarios hay poco que justifique ahora la herrumbrosa leyenda de un Burgos militarizado, mandón, hosco, intransigente y bruto. Muy al contrario, el ambiente es tan abierto, amable y apacible como permite uno de los peores climas de España, con fríos que hielan el pensamiento y súbitos y cortos calores que asan el sentimiento". Los impulsores de la grandiosa catedral fueron el rey Fernando III y el obispo Mauricio, que había estudiado en París y le gustaba acompañar a la princesa Beatriz de Suabia, hija del emperador, a través de Alemania y Francia. Poco despues de su boda, hace poco menos de ocho siglos, se puso la primera piedra bajo la dirección de un anónimo arquitecto francés, aunque el tiempo añadió a aquel gótico galo influjos mudéjares y renacentistas españoles. Era una ciudad cosmopolita y bulliciosa, una provincia próspera. Por eso Alfonso VI mandó trasladar a Burgos la sede episcopal de Oca. Varios de sus pueblos aluden en su toponímico a los Montes de Oca, que han dado lugar a un apellido que se tiene por más canario que el gofio pero que en realidad fue transplantado al Archipiélago por los pobladores rurales burgalenses que emigraron a las Islas como soldados o para trabajar en ellas. Los bisnietos de sus bisnietos son los Montesdeoca de ahora. Y no son los únicos: encuentras pueblos que se llaman Quintana, Cubillo, Barbadillo, Barrios, Carcedo, Campillo, Castellanos, Espinosa, Padilla, Pedrosa... Así, entrando por La Rioja e iniciando la ruta más conocida del Románico, tropiezas en el camino con Nájera y Santo Domingo de la Calzada, donde los peregrinos hacen posada, de siglo en siglo, y los ves a la vera del asfalto, bastón en mano y vieira al cuello. Y entras en Burgos: Sarracín, Lerma, Covarrubias... y Santo Domingo de Silos. Los homínidos íberos que habitan la piel de toro y sus ínsulas salimos de aquí. No muy lejos queda Atapuerca pero aún más cerca, a sólo 3 kilómetros del Monasterio, se han encontrado restos de poblaciones celtas, celtíberas, romanas y visigodas. Sobre el río que cruza el valle, varios puentes romanos son testigos de aquella vía que, como una moderna autopista, enlazaba la Francia de Cluny con Zaragoza y Astorga. Hace 1400 años que este Monasterio se elevó al cielo. "Luz de estameña, textura de eremita", escribió Cristino de Vera aquí. Estas comunas, que el vulgo o los adversarios fanáticos podrían llamar sectas, vivían al margen de todos y de todo. Se hicieron mozárabes cuando se produjo la dominación de Al-Andalus. No fueron tiempos fáciles para ellos. Quizás para nadie. Domingo, un disidente, expulsado por el rey de Navarra a Burgos tras un conflicto de jurisdicción económica, es investido abad en Silos hace ahora mil años. Sólo replicó con un verso: "Puedes matar el cuerpo, la carne maltraer, mas no has en la alma, rey, ningún poder. Dizlo el evangelio, que es bien de creer, el que las almas juzga, ese es de temer". Domingo hizo renacer la arquitectura, se abrió al saber: copistas, miniaturistas, tipógrafos visigóticos... Fundó lo que ahora sería una editorial o un colegio. Arquitectos, escultores, calígrafos y orfebres trabajaban en Silos, como ahora lo hacen consagrados al estudio los monjes Clemente Serna, Mariano Palacios y Rafael Torres, o los seglares Raúl Fernández y Joaquin Yarza. Con los beneficios de sus obras construyeron hace siglos un hospital, un leprosario y una biblioteca de 70.000 volúmenes. Después fue una botica, que aún se conserva, un laboratorio, hoy una galería de arte... ALQUIMIA DE ANIMALARIO Hay un Silos de arpías (sirenas-pájaro), grifos (aguilas-león), dragones y centauros con pezuñas, como los hipópodos que decoran sus columnas incluso con una misa negra, pero también hay un Silos de músicos, cabras que tocan el laud, copas de perfume, escenas de taberna que ensalzan el vino y el azar. Bebemos en las tazas de Cristino de Vera después de trabajar con la fragua y el yunque y comprobamos que es el mismo vino de los místicos musulmanes, de Ibn Arabi a Omar Jayyan, pero tambien el de los cristianos san Juan de la Cruz o Juan Ruiz, arcipreste de Hita, o el del hebraísta fray Luis de León, todos empinaban el mismo cáliz. Los artesonados mudejares de Silos, los arcos de herradura, la enorme copa arabesca usada en la Liturgia Mozárabe, pieza excepcional en la orfebrería medieval, los dibujos de la Huída a Egipto, los siameses con turbante que mesan sus barbas... Existe un Silos más ortodoxo y otro más pagano, todos conviven en armonía y esa alquimia permanece en secreto, a la vista de todos. En Silos se repara en que el Cristianismo fue una religión que nació en Palestina, se extendió por todo Oriente y el Magreb, saltó a Europa y fue aquí donde se hizo grande, con sus mártires y sus curias, ya mudadas de piel. Ahora -y aún en decadencia- es símbolo de la civilización occidental pero en sus orígenes pasó por Silos como diálogo religioso. No convendría olvidarlo y por eso Cristino de Vera lee "Las verdades de la experiencia religiosa" de William James y la "Nostalgia del absoluto" de George Steiner. Cuando se cree una ONU de las religiones comenzaremos a soñar la paz. Mientras tanto, Cristino de Vera dibuja en blanco y en negro, cita a Simone Weil para describir Silos -"La belleza es la eternidad en este mundo"-, y piensa en esos "arcángeles de alas negras, con coronas de espinas inflamados" y en el "pez de bronce". Es ese animalario que ya fabulara con gracia su paisano Tomás de Iriarte y que los investigadores de Silos ven en el converso Pedro Alfaro -con sus imagenes de Persia e India- y en Ibn Zohr. Estos benedictinos de Silos pudieran ser los cristianos más aperturistas, porosos y tolerantes, pese a su claustro. En la convivencia transitada por los "laberintos" -que es como Cristino alude a sus tazas- está su verdad. Usando su inteligencia, don de lenguas y sabiduría, ellos rescataron numerosos cautivos y prisioneros cristianos de las guerras que nunca se acaban e hicieron de las influencias hispano-arabes y orientales un peculiar románico, único en el mundo, que hace las delicias de exquisitos turistas franceses y japoneses. ¿No será ésta nuestra original contribución a la modernidad europea y no las modas e imitaciones de los demás? ¿Pudo existir un arte mudejar sin una comunidad o sociedad mudejar que lo sustentara?. Algunos aún hoy se empeñan en negarlo. Los seguidores de la regla de San Benito de Nursia, patriarca de los monjes de Occidente, admitieron a Cristino de Vera como uno de los suyos. Les entusiasma su pintura, habla su mismo lenguaje. Se puede ser individuo y comunidad al tiempo, pero la cooperación exige poda: cercenar actitudes, palabras y comportamientos que no favorecen la relación con los demás, esforzarse en evitar lo que daña o hiera la vida fraternal y cultivar cuanto la beneficia y cohesiona. Elevarse por encima de las barreras del tiempo y del espacio, tener paciencia ante la flaqueza propia y sobre todo ajena, honrar al amigo y compañero, practicar la obediencia mutua, respetar el carisma, aún aceptando la inutilidad de las escalas, que nadie busque lo útil para sí sino para los demás, caridad, temor, sinceridad, humildad, silencio, paz... No todos los monjes lo consiguen. Cristino se acerca. Así nos asomamos al final del siglo XX. Alguien oyó cantar gregoriano a estos monjes de Silos y lo grabó subrepticiamente. Despues pasó al CD y se multiplicó, como en el milagro de los panes y los peces, gracias a la "remasterización", la piratería, el "top manta" y las multinacionales. Peregrinaciones de visitantes de todo el mundo acuden a Silos con sed de transcendencia y de quietud, y en el claustro del Monasterio fotografían el ciprés que inmortalizara Gerardo Diego. Aquí expuso Cristino de Vera sus tazas, cruces, velas, cráneos (vanitas les llama el autor), crucifixiones, contemplaciones, espacios de éxtasis... Toda una serie que ha donado al Monasterio y que ahora se exhibe en el resto de Castilla y León por Caja Duero. ¿Que pinta un canario en Silos? Ya lo ven: pinta mucho y pinta bien. BROTO, ULLAN, CRISTINO... Por paradójico que a algunos pueda parecerles, el canario Cristino de Vera ha buscado en los fríos montes y páramos de Silos y por extensión de toda Castilla y León el ambiente más propicio para exponer su obra, y en ese recorrido entronca con otros autores y artistas que por allí deambulan. El poeta José Miguel Ullán, uno de los mejores conocedores de la trayectoria de Cristino de Vera, anda estos días por Burgos conferenciando sobre "Una conversación entre los nombres y las manchas", disertación que dió en la "Casa de Cordón", edificio que albergó la neurosis de amor entre Juana la Loca y el príncipe belga Felipe el Hermoso, amores habituales entre dinastías españolas y del resto de Europa: en el deslumbrante pueblo medieval de Covarrubias, donde tienen sus tumbas el linaje de los García, se encuentra la estatua de la princesa noruega Cristina, que casó con el infante don Felipe. ¿Lo sabían los defensores del rancio abolengo? Precisamente hasta el 30 de abril expone en la "Casa de Cordón" otro conocido de Cristino de Vera, el pintor aragonés radicado en París, José Manuel Broto. "Siempre me han impresionado el ímpetu que tienen tanto músicos como pintores y poetas de elevarse con su arte hacia el infinito espacio... La noche oscura de San Juan de la Cruz, los nocturnos estrellados de Van Gogh, y su frase... quiero morirme para ir a una estrella. El chorro de éxtasis que es la ascensión en toda la pintura de El Greco. Las "constelaciones" de Miró... que es una huida al infinito. Toda la enérgica pintura de Jackson Pollock con "Reflejo de la osa mayor" y "Galaxia". Los libros IV y Sefarad III de un joven pintor español, José Manuel Broto...", escribió el artista canario en un texto que tituló "Arte y Cultura" y que concluía así: "Parte de toda la historia de la música es un elevar la armonía al infinito. El arte debe volar hacia las alturas... toda manifestación de arte, creo, es un volar buscando el oculto rostro de un Dios desconocido. El temblor del vivir en arte, es ahuyentar el vacío... y buscar el último reflejo de la luz desconocida. Las estrellas son los diamantes de los pobres y elegidos". UNA CENA CON AURORA
CIRIZA Hace unos semanas preparó una cena en su casa Aurora Ciriza. Estaba su marido, reconocido artista en la Villa y Corte, y otra mujer a la que quiero y admiro desde que iba a recogerla a la Ciudad de los Ángeles, donde curiosamente vivía el pintor, y entre cuyos méritos no es el menor aguantarme más de veinte años. Y no es diminuta empresa esta hercúlea, ingrata y penosa labor. Quizás como recompensa, Aurora la deleitó también con su buen hacer culinario genuinamente donostiarra, que ha sido glosado por célebres críticos y directores de prestigiosos Museos: pinchos de cangrejo con mahonesa, vichissoise, salmón marinado con fondo de patatas y de postre helado, todo ello regado con un Rioja reserva adquirido a pie de viña en una bodega recomendada de Logroño y que fue mi modesta aportación a este memorable ágape. Algunos de los pacientes lectores se interrogarán a qué ahora tanto interés por la gastronomía ¿Acaso no nos castiga usted a menudo advitiendonos contra las tentaciones de la carne y las debilidades del espíritu? ¿Vende su artículo por un plato de lentejas? Ni mucho menos. La calidad de unas viandas se relaciona con la frugalidad que debe presidir una comida sana, nos recomiendan todos los especialistas en dietética. Por eso, la conversación amena y en grata compañía y la sangre de uva pisada, administrada con prudencia, hicieron también de esa cita con mesa y mantel algo inolvidable. Aurora no le tiene miedo a la muerte, todo lo contrario que su compañero, a quien le resulta curiosa intelectual y artísticamente. De hecho, desde que cumplió 50 años, y de eso hace ya algo más de dos décadas, esta necrofilia ocupa sus lienzos con calaveras (él les titula vanitas porque son el mejor recuerdo de la vacía vanidad), gánigos (que él y Manolo Padorno llamaron tazas) y otros instrumentos mortuorios que evocan el tránsito. Con Aurora no se habló mucho del viaje al más allá, inoportuno en persona tan vitalista. A mí, sin embargo, me parece tan apasionante como la vida, por eso me gusta dialogar con su pareja, conocedor del mundo invisible, como los artistas ciclópeos en todos los tiempos. Cuando alguien moría, los guanches lavaban el cuerpo y lo rellenaban con una alquimia de plantas y minerales cuya receta desconocemos. Lo ponían al sol durante varias semanas hasta que quedaba seco, lo llamaban xaxo y lo metían entre pieles pintadas que permitían identificarlo. Luego las cosían formando un estuche alrededor del difunto e introducían el cuerpo en el interior de la cueva que servía de sepultura a la familia, separándolo del suelo mediante tablones de madera. Allí se disponían ofrendas: adornos (collares de cuentas de barro y de colmillos de cerdo), gánigos de barro, conchas de lapas, lanzas... El inmunólogo Antonio Arnáiz y el historiador Jorge Alonso García aventuraron las primeras traducciones de las bellas inscripciones funerarias guanches y emergieron como hipótesis la existencia de una creencia muy parecida a la que en esos remotos tiempos se practicaba en la Europa mediterránea: la religión de la puerta, lugar por donde los pecadores, una vez expiados sus errores por el fuego, acceden al infinito... La tanatología está considerada una ciencia moderna. La palabra procede del griego Thánatos (muerte), que según el mito, junto a su hermano Hypnos y los más conocidos Hermes y Caronte, son los porteadores del cadáver, cumpliendo la función de dulcificar el salto. El estudio de la muerte es una disciplina amplísima y difícil de abordar por las múltiples facetas y campos de análisis que interrelaciona: biológico, cultural, personal, religioso, intelectual, social... Desmitificarla y aprender a convivir con ella es un bálsamo en poder de sabios, aunque la experiencia de perder un ser muy querido proporciona más conocimiento que una cátedra. Educar para la vida y la muerte debe ser una prioridad cívica para enseñar a morir con dignidad. Uno de los especialistas que tenemos en España sobre este y otros muchos asuntos, a caballo entre la medicina y la antropología, es el doctor Reverte Coma. Su acumulación de conocimientos y vivencias le llevó a la Organización Mundial de la Salud como especialista y científico destacado, aunque en España sigue siendo muy desconocido. Una vez filmó un documental titulado "La Huella Española en EEUU", con motivo del bicentenario, y en otra ocasión que fue de visita a La Palma se cogió un avión y logró llegar hasta El Aaiun primero y Tinduf después. Investigador impenitente de otras culturas, su trayectoria ha permitido que el Museo de Antropología Forense, Paleopatología y Criminalística que lleva su nombre tenga aplicaciones en Prehistoria y Arqueología. Famosos de la historia como Raimundo Lulio, Juan de Mena, Santa Juana, Magdalena de Valois, Blanca I de Navarra o Carlomagno le deben el diagnóstico de su vida, enfermedades y temores... después de enterrados. Qué risa les dará saberlo. También es un excelente nutricionista y un adalid de la leche descremada en polvo por sus proteínas no grasas, calcio y vitaminas del tipo B-2 (riboflavina). Recomienda tomarla mezclada con leche fresca, con lo cual duplica el efecto de ésta e incluso sugiere combinarla con toda clase de alimentos, como el gofio. Su padre le hacía comerlo de niño y por ello se aficionó a esta harina de maíz tostado de sabor exquisito. Reverte es además un gran botánico y a muchas plantas les extrae su relación con la alimentación, la medicina o la muerte. Así, sostiene que los árboles más elevados o corpulentos como el baobab africano, el cedro del Líbano, los eucaliptus de Tasmania, las sequoias gigantes de California o el castaño de Sicilia, suelen ser milenarios, tanto como algunos dragos canarios de los que hay noticia en relatos muy antiguos. Ocurre igual con las personas: incluso en países donde la mortalidad es muy elevada, hay quienes sobrepasan los límites de los demás y viven muchos años, de hecho cree que en las islas las gentes viven mucho más que en los continentes. A sus 80 años, es también un gran gerontólogo. Cuando el esposo de Aurora me preguntó por un médico de confianza para disipar sus enfermedades (esas malditas cervicales), le sugerí a un galeno de mi familia, por entero dedicada desde hace varias generaciones a la ciencia de Hipócrates con la excepción de quién esto suscribe: la humanidad así se ha librado de lo que podría haber sido una de sus peores plagas. Pero algo aprendí: una muerte serena consagra una vida de esfuerzo, trabajo, servicio a los demás, lucha permanente contra las dificultades... Muchos de los miedos a la parca que tenemos los occidentales proceden de la educación en la infancia. En esto debemos admirar a los que llamamos "pueblos primitivos", que saben enfrentarse a este momento con la serenidad de lo natural. Con Proudhon podríamos decir: "Decidme cómo ha sido la muerte de un hombre y yo os diré cómo ha sido su vida y recíprocamente decidme cómo ha sido su vida y yo os diré cómo será su muerte". Sócrates pensaba que vivir era estar mucho tiempo enfermo, pero un aforismo ruso me parece aún más atinado: "Si te levantas por la mañana, tienes más de cincuenta años y no te duele nada, es que estás muerto". Son todas enseñanzas del místico Reverte... pero ya no pasa consulta. En la colección de cráneos del Museo que dirige hay uno procedente de la gruta del Monte Anada, Punta Hidalgo (Tenerife), lugar donde los guanches enterraban a sus muertos. No demasiado lejos nació el consorte de Aurora Cirizar, memoria viva del arte, la sociedad y la historia del siglo XX, asuntos que abordó en esa cena deliciosa con que nos obsequió. Si acaso, al salmón le faltó algo más de condimento. Y es que a veces la vida necesita unos granos de pimienta negra para saborearla en todo su esplendor.
La ambiciosa campaña cultural reunida bajo el lema "Canarias Crea [03]" toca hoy domingo a su fin con el recital del saxofonista Kike Perdomo (Tenerife, 1961) en el Café Central de Madrid. Con la música de fondo del hombre del saxo, que acompañó a Luz Casal y a Joaquin Sabina en sus exitosas giras por toda la geografía española, se pueden abordar algunas pinceladas sobre lo que ha significado esta promoción en la Villa y Corte al hilo quizás del más sobresaliente de sus actos: la muestra titulada "Constelaciones", que todavía durante este mes de junio puede admirarse en la sala central del Jardín Botánico, uno de los lugares más desconocidos y placenteros de esta ciudad caótica, bulliciosa, inhóspita, libertaria y abierta. "Constelaciones" reune a 11 jovenes pintores y artistas de la misma generación que, bajo la atenta mirada de un Cristino de Vera que camina por un bello sendero de violetas, exponen lo que puede ser saludado al menos como lo recién llegado en Arte. Pero mas allá de las controversias sobre la selección, que algun día habrá que analizar para arrojar más luz, igualdad de oportunidades y criterios claros con menos capricho o discrecionalidad entre los oscuros e impunes miembros del tribunal seleccionador, "Constelaciones" plantea en un plano estético lo que otros abordan desde el intelecto, que debería ser la materia gris de la gestión, su parte menos ruidosa y más delicada, aunque la más influyente y grata. En este sentido, las excelentes aportaciones literarias y reflexivas de Christian Perazzone y Cristina R. Court que acompañan a esta exposición no sólo ayudan a descifrarla y comprenderla, sino que además introducen debates serios y de calado en el siempre yermo panorama del pensamiento y el arte, habitualmente escorado hacia el ombligo. Al igual que Perazzone desgrana con acierto los vínculos invisibles entre los jovenes y el maestro, me ha gustado también su discurso de fondo. Si Picasso trabajó durante casi toda su vida en Francia, pero resultaba muy hispánico sin perder su universalidad, "los canarios... no se trata de una nación o de una nacionalidad sino de una cultura. ¿No es así? Temperamentos, con certeza; modo de vida, eventualmente; clima, pureza del aire y color del cielo, probablemente". En efecto, cuando Palenzuela pinta a Luis Feria o Cristino a Pepe Espaliú "poco les importa que estos artistas sean ciudadanos del archipiélago canario o de la península ibérica o de otra parte del mundo". ¿Y entonces? Perazzone responde con lucidez: "los postmodernos se equivocaron en profetizar la crisis de la historia. Vivimos a la vez la crisis del pasado, del futuro y de la evolución y seguramente ahí se encuentra la verdadera crisis de la representación. En 1989 (Muro de Berlín) renacía la esperanza de los pueblos en una democracia sin miedo. Pero la democracia es frágil, siguieron las guerras del Golfo y los Balcanes, sin hablar del conflicto del oriente medio y las guerras tribales que destruyen Africa". El 11-S demostró que el Apocalipsis no se ha extinguido y el mundo desconocido y sin nombre que se nos viene encima sólo podrá ser vivido si diseñamos la utopía de un planeta mejor. Cristina R. Court lo explora desde la letra en torno al hombre cuando parafrasea al pintor Roberto Matta, que definió así a Federico García Lorca: "esa rareza del sistema nervioso de la especie"... Es interesante este salto cromático que ha emprendido Cristino de Vera y su experiencia debería servir a los que aspiran a ocupar un lugar en el cosmos. Toda una vida dibujando con papel, lápiz y plumilla y ahora que salta al color con esas moras y ocres sus obras alcanzan una luminosidad esplendorosa. El pintor no había despilfarrado nada antes y sus monocromías, insistentes, obstinadas, constantes... han acabado por persuadirnos de que llevaba razón. Apreciamos ahora el color de Cristino de Vera porque lleva toda una trayectoria en blanco y negro y esa maduración hoy es así más perceptible, clara y comprensible. Ha ido de menos a más, que es como se debe caminar en la vida, y ahora con esta gozosa longevidad da más con menos, como una osa mayor. El poeta Andrés Sánchez Robayna dice que es el mejor pintor canario vivo y ya evitó el año pasado visitar esta muestra cuando le advertí que sus programadores se habían olvidado de Cristino. Este año, cuando ha regresado a Madrid para presentar su edición bilingue de la antología poética sobre Wallace Stevens "De la simple existencia" (Galaxia Gutemberg-Circulo de Lectores), en un sonoro duo con su homólogo Jordi Doce en "La tierra baldía, cuatro cuartetos y otros poemas" de T. S. Eliot, ya no hay excusa alguna para despreciarla. Y aunque no encuentre a Bordes ni Palmero, estoy convencido de que estas tempranas y prometedoras creaciones tampoco le desagradaran: las fotografías sensitivas de cibachrome sobre aluminio de Teresa Arozena (presentidas o desbaratadas), las series fotográficas dramaticamente mortuosas de Karina Beltrán, los cubistas y urbanitas grafitos sobre madera o papel de Julio Blancas y los acrílicos tan optimistas y plásticos de Margot Delgado, sorprenden por su frescura. Y no son los únicos: los simbólicos y esenciales aceros inoxidables o maderas de Drago Díaz, el sobrio estuco y masonite de Rubén Hernández, las caobillas, hierros y aceros asombrosos de Guenda Herrera y los vinilos sobre madera tan canarios del alemán Kirsten Mosel son un regalo para la vista, al igual que el festín pictórico de agua y color que encierran los oleos de Santiago Palenzuela y los sobrecogedores acrílicos sobre lienzo de Miguel Angel Pascual, junto con los bellos, austeros y emocionantes yesos de José María Ruiz. A mí al menos me han producido emoción, !y son estos tiempos de cóleras, frialdades y certezas tan poco dados a las ambiguas, confusas y reconfortantes sensaciones! Sabemos que son años
de despilfarro y pobreza, por tanto de descreimiento. No seré yo
quien rebata a los críticos que aún conservan un mínimo
de cordura y razón al evaluar la puesta en escena de las creaciones
autóctonas en la Villa y Corte. No ha sido además igual
la excelente programación de cine, que ha difundido desde lo más
nuevo ("Aislados" de Miguel G. Morales) a los más clásicos
(Antonio Betancor, los hermanos Ríos, Cervino, David Baute, María
Miró o Rolando Díaz), que los folklorismos y el sabor añejo
y a veces demasiado tópico que despiden otros artistas desde muy
diferentes terrenos. "Canarias Crea" sirvió para difundir
la renovación de la cocina canaria de la familia Gamonal en el
restaurante Pedro Larrumbe de la calle Serrano, para ver y escuchar artes
escénicas diferentes con el "Delirium Teatro" de Severiano
García, Ricardo del Castillo, Clemente García y Soraya González
o escuchar música poco convencional y escasamente oída en
los cuarenta principales, como es la de Adhar Goma, originales percusionistas
de latón que deleitaron en la Plaza de los Carros o el rock underground
de "Las Ratas" musicando a todo trapo en la emblemática
Sala Caracol. La poesía tampoco desmereció y el singular
"Tres + Tres" que presentó Juan Cruz con poetas peninsulares
y canarios (Caballero Bonald, Garcia Montero, Carlota Caulfield + Maccanti,
Eugenio Padorno, Iván Cabrera) se complementó con las lecturas
de Ruth Toledano sobre Pedro García Cabrera en la Casa de Canarias,
con motivo de su 50 aniversario. Y en el resto de la ciudad, diseminados
por antros tan sugerentes como el Café Berlín, Libertad
8, Café La Palma, Galileo Galilei o Clamores, la oferta de Djs,
alternativos y vanguardistas del más variado pelaje fue cuando
menos plural. ¿Canarias Crea? Por lo que se ha visto este año,
al menos no destruye demasiado. Una programación cultural crea
público y buen gusto con tenacidad y esfuerzo, con austeridad y
tino. Esta vez se dió el segundo paso y no fue peor que el primero,
algo es algo, la tierra se mueve y la humanidad avanza. Tan sólo
rogar que los nuevos gestores que vienen tras las elecciones otorguen
continuidad a esta proyección creativa y vayan mejorando su calidad
y audiencia. Estamos tan escasos de talento... |