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GAUDI, DALI
MANRIQUE
Federico Utrera
Visitando su nueva choza recién inaugurada, un próspero
empresario de Lanzarote me mostraba con lógico y legítimo
orgullo su pinacoteca, que había ido adquiriendo con paciencia
y tenacidad a lo largo de los años, apostando por jovenes valores
que luego se convirtieron en estrellas, e invirtiendo en algunos otros
que, si bien ahora alcanzan cotizaciones astronómicas, en la época
en que inició su colección se ofrecían a precios
asequibles. Aunque algunos lo juzguen raro, existen personas que prefieren
poseer una obra de calidad antes que renovar el ostentoso coche, adquirir
inútiles electrodomésticos o gastarse una millonada en tortuosas
vacaciones. Y les arriendo la ganancia: pasado el tiempo, el automóvil
chochea, las televisiones nos idiotizan y los veraneos terminan convirtiéndose
en una masificación del abuso que lo único que aumentan
son nuestros miserables números rojos. Disfrutar en cambio de una
pintura, escultura, grabado, fotografía, film, libro o ahora más
modernamente un video-art, supone tal riqueza para el espíritu,
la sensibilidad y el intelecto, que merece la pena el cambio. Y si además
la confianza en el artista resulta fiable y las obras se revalorizan,
mejor que mejor.
Mi amigo, sin embargo,
no tenía ningún Manrique, en casa de César, cuchillo
de palo. Si Lanzarote está considerada ya una obra de Arte en sí
misma que alimenta las creaciones de sus mejores pintores, la identificación
que se ha producido entre él y su entorno sigue siendo uno de los
mayores atractivos para los que la visitan. Una reciente encuesta en Cataluña
revelaba que el 68% de los extranjeros que acudían a Barcelona
lo hacían para ver gaudís y dalís, porcentaje que
los barceloneses desean ampliar catalanizando también la vida y
obra del malagueño Pablo Picasso. Y no les falta razón.
Parece como si a medida que aumentara la riqueza las exigencias culturales
se hicieran más visibles, y no estará lejano el día
en que una oferta turística sin más valor que sol, hamburguesa
y playa se convierta en simple pasto para rebaños poco cebados.
Por contra, como ya ocurre en otros lares peor dotados por la naturaleza,
en la medida en que la oferta estética sea más rica y plural
y complemente clima o paisaje, el viajero mejorará su calidad y
el residente su satisfacción, engordando así los flujos
progresivamente. Y repetirá, lo que en tiempos de extremada competencia
y más velocidad en el transporte, no es mal activo.
¿Conocemos
de forma fidedigna la envergadura de la obra de César Manrique?
Me temo que menos de lo que deberíamos. Para acreditarlo, basta
un mero análisis: si prescindimos de toda su trayectoria local
y la borramos de un plumazo, hurtando así un aspecto de su arte
que ha logrado pasear el nombre de Lanzarote por todo el globo asociado
a la calidad y el buen gusto, probablemente nos quedaría un renacentista
contemporáneo tan enorme que aún hoy intimida. Algunos de
sus detractores, que los tiene aunque son cada vez menos y más
ridículos, me han señalado que por mucho rayo que no César,
no se le debe adorar lo mismo que a los dioses Dalí, Gaudí
o Picasso, cuyo genio y singularidad no ofrece ya ningún tipo de
duda. En efecto, estos tres gigantes del siglo pasado son ahora tan afamados
que concitan de forma unánime y esplendorosa el elogio. Pero la
pregunta es otra ¿fue siempre así?
Ni mucho menos, por
más que en algunas ciudades, islas, provincias, autonomías
o naciones, que a veces parecen aldeas, les cueste reconocerlo. Del brillante
arquitecto Antonio Gaudí tengo documentados algunos calificativos
que cosechó antes de morir y que no son muy diferentes a los que
escuchaba César: holgazán, terco, tacaño, atormentado,
amargado, huraño, impío, blasfemo, maricón, loco,
antiestético, revolucionario, drogadicto, misógino, masón,
rosacruz, alquimista, irascible y diabólico. Lo más alucinante
es que ahora un grupo de beatos catalanes quieren hacerlo santo, cosa
que conseguirán, y será así el próximo patrón
de los arquitectos, ya lo verán. De Dalí y Picasso no hace
falta reproducir ningún epíteto porque están más
cercanos en la memoria colectiva. Quizás la santificación
de ambos merodea en el otro extremo, hasta el punto de perdonarles una
debilidad humana que desacreditaría a cualquier otro mortal: su
familiaridad con los dos totalitarismos que provocaron millones de muertos
el pasado siglo (fascismo en Dalí, estalinismo en Picasso). En
su descarga, mencionar que no usaron otra arma que el pincel para describir
esas dos locuras humanas que, en cualquier caso, no inventaron ellos.
Lo bello siempre detrás de lo siniestro. Y viceversa.
César tuvo
mucho de arquitecto genial como Gaudí y de pintor original como
Dalí, y aunque su prematuro fallecimiento truncara el cénit
coherente de su obra, la simbiosis entre ambas inquietudes no arroja resultados
baladíes ni mediocres. Aunque su faro estético era Picasso,
ya la exposición "César Manrique-Nueva York",
que tuvo lugar hace siete años y que fue eficazmente divulgada
por colegios, escuelas e institutos gracias a su Fundación, nos
acercó a su obra desde una perspectiva diferente, quizás
la más promiscua, en su relación con Andy Warhol, la galerista
Catherine Viviano o el expresionismo abstracto de Rothko. Sus numerosas
intervenciones urbanísticas por el Archipiélago, a cual
más espectacular y deslumbrante, o esa obra pionera de los futuros
centros comerciales que fue La Vaguada en Madrid, nos guían felizmente
por otros caminos que transitó.
Ignoro si la muerte
de su compañera, Josefa Gómez, un año antes de su
primer viaje a Estados Unidos, influyó en su vuelco interior hacia
los cielos. En el Gaudí de los últimos años, hombre
de fervor religioso y extraño a lo mundano que eligió vivir
en riguroso celibato con su anciano padre y una sobrina, sí que
pesó el inesperado óbito de estos dos familiares en su retiro
como ermitaño al interior de la majestuosa catedral de la Sagrada
Familia, ayer como ahora, siempre en construcción. Ahí se
me parece mucho el Manrique más maduro a Gaudí. Y con Dalí
me ocurre lo mismo: también realizó su viaje iniciático
a Nueva York, 30 años antes que César, y como él,
regresó más tarde a casa hastiado, colmado o satisfecho,
para desplegar ante los suyos y ante el mundo todo lo que llevaba dentro
y aprendido. Y con un preciado tesoro en la mochila: haber conocido al
más ilustre representante del marxismo: Harpo, para quién
llegó a escribir un guión destinado a Hollywood.
Una de las mayores
alegrías que me ha proporcionado el periodismo fue conocer a César
en una foro de arte contemporáneo y disfrutarlo como cicerone evaluando
la trayectoria y solidez de primerizos y veteranos que allí acudían.
Su pedagogía y grandeza no la olvidaré nunca. Líos
burocráticos y rencillas de parqué le habían birlado
su presencia ese año en Arco, una feria que él apreciaba,
pero jamás salió de sus labios ni el más mínimo
reproche. Eso lo reservaba para los especuladores, miopes y codiciosos
que ya entonces empezaban a asolar su isla y que, si el sentido común
no lo remedia, pueden estar perpetrando el delito de exterminio de la
gallina dorada. Entonces, derrochaba pasión y entusiasmo por la
holografía, arte tridimensional que resucita el pulso vital de
las fotografías y del que profetizó tal difusión,
que se consumiría masivamente a niveles domésticos. Todo
llegará, pero mientras tanto, sirvan estas líneas para aproximarse,
siquiera ligeramente, a ese Hércules del Atlántico, siempre
atento a las vanguardias del mundo, trabajador infatigable y tenaz defensor
de lo moderno. Su mural La pesca (Parador Nacional de Arrecife, Lanzarote.1950),
de su primera etapa alegórica, siempre me ha maravillado. Y cada
vez que veo la recreación que hizo Dalí en La pesca del
atún (Fundación Paul Ricard. Isla de Bendor, Francia.1966)
me viene a la memoria una obligación adquirida con César:
la del deudo que admira a uno de los grandes arquitectos, escultores y
pintores del siglo XX.

ARCO, DE LA MANO DE CÉSAR MANRIQUE
Federico
Utrera
Para César Manrique, la importancia de Arco reside en conocer "las
últimas aportaciones de la juventud" y fue en esa clave en
la que analizó las sucesivas obras que veía, tocaba y hasta
olfateaba sin ningún rubor. Nos detuvimos en Atiir, que presentó
monográficamente a Juan Gopar:
- Gopar forma parte de la vanguardia canaria con una calidad realmente
extraordinaria de la que estoy muy satisfecho. Posee una juventud con
un talento realmente digno y una categoría internacional.
Gopar lo escucha y casi se sonroja, pero César Manrique está
lanzado y quiere recalcar que "la pintura canaria tiene una característica
propia dentro del contexto internacional de Arte Contemporáneo,
aportando una serie de estilos que tienen que ver mucho con la latitud
en la que estamos viviendo".
Dice Manrique: "Para mí, la aportación de Gopar en
Arco 89 es sobre todo calidad, ya que el signo se salva por la calidad
de base y esto es lo que le da nobleza en su pintura".
Los dos artistas posan con paciencia para Javier Regueros y César
me comenta que: "¡Menuda suerte la de estos jóvenes!,
yo a su edad no sabía ni lo que era una feria y mucho menos vender
cuadros a esos precios, aunque también hay que decir que ahora
hay más competencia que antes".
Anda caliente el maestro por una jugarreta que le ha hecho la organización
de Arco 89, a la que piensa denunciar por apropiación indebida
y mientras nos dirigimos al stand de Vegueta me lo cuenta con pelos y
señales.
- Traté de hacer una muestra en Arco 89 de gran novedad, ya que
fui invitado este año por unos científicos alemanes para
hacer una investigación sobre la holografía, que yo quería
traer a España para Arco.
Los alemanes están trabajando en este concepto, apoyándose
en criterios científicos, para encontrar la tercera dimensión
en un plano. Manrique pidió cien metros de exposición y
adelantó la fianza, pero los organizadores sólo le concedían
35 y el lanzaroteño se retiró. Ahora, algún cuco
en la organización no quiere devolverle el dinero y César
señala a un conocido galerista tinerfeño que curiosamente
es miembro del comité organizador de la feria.
Llegamos a Vegueta y César Manrique observa detenidamente la obra
de Juan José Gil, una de las cuales realiza utilizando los forros
de plataneras como material. Al artista le choca este detalle "porque
me da un poco de miedo, ya que es un material orgánico que se puede
destruir con el tiempo. No sé que tratamiento le ha dado y aunque
puede ser peligroso, el efecto es muy interesante". Sobre Monagas,
que es el otro pintor que comparte espacio en Vegueta, dice que "es
un poco más metafísico y es muy interesante el color y la
textura que utiliza en su última obra".
El pintor grancanario Ricardo Montesdeoca, ausente este año en
esta muestra, se encontraba en Vegueta. Nos saluda y afirma que "el
nivel de Arco 89 se mantiene aunque ahora no es lo mismo que en sus primeros
años, cuando venía la gente de la transvanguardia, los modismos
y muchos más". Montesdeoca se queda con los Dokoupil que expone
Leyendecker "aunque los de antes no me gustaban mucho". Acerca
del material de Juan José Gil, alguien nos recuerda que la platanera
es tratada posteriormente con barnices que la harán perdurarr para
siempre. Las dudas de Manrique quedaron resueltas.
Llegamos a Levy, la galería que recoge tres espectaculares obras
de Oscar Domínguez. "Los cuadros de Oscar casi parecen murales
porque son muy grandes y tienen una frescura de color realmente extraordinaria".
Estas nuevas dimensiones del inmortal pintor son motivo de regocijo para
el artista lanzaroteño, que no duda en calificarlas como "la
gran sorpresa de Arco 89". No obstante, los cuadros están
rodeados de una cierta polémica que descubre Marisa Oropesa, directora
de la galería que los exhibe:
-Los cuadros se han conseguido en París, pero una persona ha comprado
los tres juntos y lógicamente se le ha hecho un precio especial,
aunque ahora dice que uno lo vende.
El misterioso comprador satisfizo 30 millones de pesetas por las tres
obras y ahora desea desembarazarse de una. Pero exige 18 millones, con
el agravante de que la compra se realizó hace escasamente treinta
días. La maniobra especulativa hace saltar a César Manrique:
"Están convirtiendo el Arte en un negocio asqueroso, porque
eso no es amor a la pintura sino una simple especulación".
"Una de las grandes tragedias de la pintura contemporánea",
añade el artista, "es el aspecto comercial, rastrero y miserable
de lo que está ocurriendo". Los lienzos de Oscar Domínguez
han sido cuidadosamente restaurados en Alemania durante dos años
y traídos a España por esta galería cuya propietaria
confiesa amargamente que "es una pena que se queden en casa de un
madrileño, porque yo hubiese preferido que retornasen a Canarias".
Pero un galerista amigo le recomendó que colocase los cuadros por
otros lares porque nadie iba a pagar diez millones por cada uno de ellos.
El galerista era grancanario.
Los cuadros irán a una colección privada, pero antes serán
expuestos en el Museo Reina Sofía, condición indispensable
que propuso Marisa antes de venderlos. Quizás sea la última
vez que sean vistos en público, salvo que alguien tire de talón
y los compre un 100% más caros. Son las cosas del mercado del Arte.
Bajamos buscando la galería Magda Lázaro, donde Toño
Cámara muestra sus últimas evoluciones sobre el lienzo.
El propio Cámara guardaba sus obras y murmuraba sobre su elemento
primordial: "Sin él, no habría movimiento, ni personas,
ni existiría la vida. Es invisible, pero esa invisibilidad también
oculta ese movimiento azaroso, ese caos
".
De Leyendecker no quiere ni oir hablar César Manrique. Se muestra
esquivo, huidizo, cuando a lo mejor sería lo fácil ir y
desacreditar ante el periodista la obra que expone el galerista Ángel
Luis de la Cruz, con quién el lanzaroteño ha tenido problemas
de dinero. Más concretamente de devolución de dinero. La
galería tinerfeña, que se caracteriza por la difusión
de artistas extranjeros afincados en las Islas, ha vuelto este año
con sus Dokoupil, Rob Sholte y Myriam Durango, estabilizando el neogeo
como un valor de mercado que está dando buenos resultados.
César Manrique no oculta que le parece una barbaridad que el astro
Miquel Barceló cobre 30 kilos por cada obra que no sea especialmente
complicada. "Eso es un bluff y terminará deshinchándose
con el tiempo", comenta César cuando se le hace llegar que
el joven pintor cuenta sólo con 29 años de edad.
Y es que Arco 89 es una fiesta del mercantilismo donde se dan cita casi
todos. Artistas, comerciantes, latifundistas y hasta traficantes, si hace
uno caso a los rumores que surcan los círculos artísticos.
No hay que olvidar que el Arte es un apetitoso caramelo para aquellos
que tienen que colocar dinero negro en valores seguros que pueden cotizarse
al alza y fluctuar en los precios. Y junto a estos, un enjambre de personas
de todos los pelajes, edades y condiciones, que se asomaron a Arco 89
para "echar un vistazo" y disfrutar de la pintura sin que medie
la compra o el arrendamiento. La directora de la feria, Rosina Gómez
Baeza, lo reconocía hace poco: "los galeristas extranjeros
dicen que en España se compra poco arte, pero están maravillados
por el gran interés que suscitan sus exposiciones y por la cantidad
de gente que acude a ellas. Eso les da mucha moral".
LO QUE NO VIMOS
EN ARCO
"Esto es un chantaje
y un robo", exclamó César Manrique cuando su secretario
le comunicó que no le querían devolver el dinero por su
frustrada exposición de holografías en Arco 89. Y es que
lo que prometía ser una exposición espectacular, similar
a la fauna marina que el artista expuso con gran éxito hace un
par de años en Arco, se quedó en un sonoro cabreo que César
Manrique prometió llevar a los tribunales si no le devolvían
hasta la última peseta adelantada.
Según Manrique, "la holografía parte de un concepto
moderno como es el láser y la tecnología en general".
Desde Lanzarote voló recientemente a Munich donde visitó
el centro Oltrönich e investigó esta técnica intensamente.
Los resultados los había ido perfeccionando y una de sus primeras
obras fue un cactus con todos los picos en relieve "que da un efecto
de realismo que te deja realmente sorprendido". En Alemania, un artista
experimentado en esta técnica le hizo una holografía "y
me da miedo de verme a mí mismo, porque da la impresión
de que me han arrancado y me han metido allí dentro del cuadro".
"Una persona que muera, si es un ser querido y es retratado con la
técnica de la holografía, no hay persona que lo aguante",
asegura Manrique: "es como si estuviera vivo dentro de un plano en
tres dimensiones".
Estas eran tan sólo unas muestras de lo que el artista canario
con mayor relevancia internacional en el arte contemporáneo preparaba
para Arco 89. La burocracia, y alguna que otra jugada sucia, nos impidieron
contemplar los progresos de César Manrique con la holografía.
¿Alguien los puede recuperar?
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