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Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid y profesor de Dibujo en institutos de Madrid, obtuvo el primer Premio Nacional de Dibujo "ALCER" en 1986 y el de Pintura en 1987. Ha expuesto individualmente en la Galería Quince (Madrid), Pincel (Majadahonda), sala de Exposiciones del Ayuntamiento de Majadahonda, La Tarterí (Madrid), Guiñol (Madrid) y en la sala de exposiciones del Ayuntamiento de Barco de Avila (Avila), y ha formado parte de colectivas en el Ayuntamiento de Villanueva del Pardillo (Madrid), Bercovich (Madrid), Galería Zyma (Boadilla del Monte -Madrid) y el Museo Postal (Madrid). Participó también en la exposición itinerante por capitales de provincia organizada por la Secretaría de Correos y Telégrafos, Club ZAYAS (Madrid) y Club La Moraleja (Alcobendas -Madrid-). La pintura de Pablo Pino (Madrid, 1961) estuvo muy vinculada al poeta Rafael Alberti durante sus primeros pasos por la senda del Arte y él mismo lo explica: "A Rafael lo conocí en 1983, me lo presentó Benjamín Prado, amigo y compañero en los recitales de poesía que dábamos en un local de la calle Segovia de Madrid. Benjamín estaba organizando un recital de Alberti y me pidió que le hiciera unos carteles; hice dos, uno a color (uno de cuyos bocetos se expuso en el homenaje a Alberti que se le tributó en la Galería Trovador de Madrid y se reproduce en esta misma web) y otro en blanco y negro". Benjamín Prado se refiere a aquel recital en los siguientes términos: "El recital de Alberti se celebró en el Ayuntamiento y constituyó un verdadero y multitudinario acontecimiento. Quizá demasiado multitudinario porque yo me había puesto nervioso ante la posibilidad de que el acto fuera un desastre y había emprendido una serie de acciones publicitarias como empapelar el pueblo -y medio Madrid- con carteles a todo color que había pintado un amigo mío, un joven poeta y artista llamado Pablo del Pino Sansegundo" ( Del libro "A la Sombra del ángel -13 años con Alberti"- Editorial Gredos 2002). Y Pablo Pino prosigue: "El original del cartel se lo entregué a Alberti en una cafetería de la calle Princesa de Madrid donde el poeta pasaba largos ratos. Aún recuerdo como mientras aseguraba que le agradaba mucho, insistía en que tenía que abonarme su coste. Naturalmente no lo consentí y él lo acepto como un regalo; siempre refiero este hecho porque me impresionó que una persona de la talla de Rafael Alberti, alguien a quien yo había estudiado en el colegio como uno de los grandes escritores del siglo XX con reconocimiento mundial, fuera capaz de mostrase con tanta consideración, amabilidad y respeto ante un joven que le entregaba, dubitativo, uno de sus primeros trabajos". Acompañando a Benjamín Prado, Pablo Pino estuvo con Rafael Alberti en numerosas ocasiones "y siempre las recuerdo como experiencias imborrables por cuanto el poeta gaditano lograba que simples reuniones o actos sencillos, como acompañarle al aeropuerto, se convirtieran en momentos excepcionales". De él recuerda las graciosas bromas (siempre poéticamente rimadas) "cuando con mi torpe hablar "cozeaba" el diccionario o incurría en errores gramaticales, la forma tan particular de sujetar para el dibujo los rotuladores y una frase que me ha acompañado toda mi vida: "Pablo -me dijo- si quieres ser pintor pinta, pinta al despertarte, pinta por la mañana, pinta por la noche, pinta por la tarde, pinta en sueños y hasta en el aseo; porque solo así, encontrarás los colores". Rafael Alberti era para Pablo Pino un extraordinario poeta y aún mejor persona. APOLO ENTRE LOS
PINOS
"Francamente, hoy en día, sin una teoría que me acompañe, no puedo ver un cuadro", se quejaba amargamente un conocido crítico de Arte al periodista y escritor Tom Wolf, y no le faltaba razón. Se ha escrito tanto, de forma tan opaca y a veces tan disparatada, que la simple emoción estética de admiración ante una obra de arte se ha convertido en un extraño vaho sólo propicio para la garganta de los dioses. Muchos han intentado surtir las enormes y abisales cataratas de la ignorancia con unas gotas bastante caras de cianuro marca élite y por eso ha ocurrido lo que tenía que ocurrir: que la palabra y la pintura se han devaluado de manera indisociable y que una buena parte del arte moderno se ha convertido indefectiblemente en literario. Y así nos pasan las cosas que nos pasan. ¿Es esto algo bueno y excelso o malo y catastrófico? No esperen que la pintura, como la poesía, aclare malentendidos y ofrezca certezas. Simplemente sucede y habrá que guarecerse de los acontecimientos para mejor observarlos. Este retorno a lo figurativo combinado con la abstracción poética que ya se viera en el siglo pasado en Europa y después en Estados Unidos, pasando de puntillas como casi siempre por España, carece aún de la suficiente narrativa. Quizás sea ello síntoma de supervivencia. Sólo que si en aquel viejo continente y en la nueva América parecían repetir ese anhelo que viene ya de antiguo entre la palabra coloreada y la pintura de la poesía, muy pocos alcanzaron a fundir esta belleza. Por fortuna, unos pocos siguen abonando esta fértil estela en lo contemporáneo como hicieron los precursores: Miguel Ángel era tan colosal en sus sonetos como en sus frescos, los apuntes gráficos de Victor Hugo valen tanto como su lírica y en los albumes de Galdós encuentra uno tanta fecunda clarividencia y sordidez como en sus escritos. En otros tiempos y en otros lares también se intentó -con desigual resultado- y así los dibujos de Goethe anticipan el impresionismo moderno y más recientemente Rafael Alberti mojaba también su pincel en la atmósfera oreada donde genialmente transpiraba su amigo Pablo Picasso, de quién prologó varias exposiciones desde su mutuo exilio y a quién se aproxima de una manera aún poco conocida y reconocida. En la obra de Pablo Pino, que tuvo el privilegio de navegar por estos procelosos océanos madrileños con el poeta del Puerto de Santa María, se aprecia como él también teme al azul porque le pone verde y como en su obra predomina ese aire chino arábigo andaluz de evanescencias majariegas y rozeñas, amarillo aéreo de la rosa. En el color y el trazo fino del dibujo de línea realizado con plumilla a tinta negra y mancha plana se conjugan pálidos y melancólicos ocres, ociosos y deliciosos turquesas, pacíficos y serenos bermellones, tenues y sutiles rosas, sombras azuladas, generosos cadmios y un blanco cal albañil con el que a veces cubre el vestido humano de los huesos: desnudos que, presos de la pasión y los sentidos, permanecen ahora mudos, silentes o ensimismados, pues de esa aparente desgracia e incómodo destino surgen los pliegues de la línea hacia dentro, y de ahí la sorpresa y el encanto. Palabras pintadas, arte literario y el poeta, sobrevolando con sus versos en el lienzo: "Humanos y divinos/ seres sientan su vuelo:/ el ángel en el cielo/ y Apolo entre los pinos " |