EL
pasado catorce de febrero Antonio Colinas visitaba Almería (única
provincia andaluza que aún no había tenido oportunidad de
conocer) con el objeto de realizar una lectura en el Aula de Poesía
que la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento ha recuperado para
nuestra ciudad. Antes de ese acto pudimos conversar con el poeta, que
cuenta en su haber con premios tan relevantes como el Nacional de la Crítica
y el Nacional de Poesía, y plantearle las siguientes cuestiones
en el marco anticipadamente primaveral de la Isleta del Moro.
Pregunta:
Tú has desarrollado buena parte de tu vida en provincias: La
Bañeza, León, Córdoba, Ibiza y ahora Salamanca.
Tus años en estas ciudades, alejado del centro, ¿respoden
a una elección consciente, voluntaria, o más bien a otro
tipo de motivaciones?
Respuesta: No se deben a un proyecto vital previamente elegido, sino
que han sido las propias circunstancias de mi vida las que me han ido
llevando a esos lugares. De cualquier forma, todos los sitios son emblemáticos,
y soy de la opinión de que en lo más local se puede hallar
lo más universal, siempre que tu visión sea también
universalista y abierta, que poseas una especie de contemplación
universal del espacio. Los ámbitos periféricos suelen
tener una profunda personalidad, y en ellos he solido encontrar lo que
Mircea Eliade llamaba "el espacio fundacional": un espacio
en cierta medida atemporal, sin fechas, sin nombres identificativos,
pero poseedores de unas características profundas absolutamente
marcadas. De todas formas, sí que he procurado en la medida de
lo posible no echar raíces en ningún sitio concreto.
P.: ¿Qué idea, qué
reflejo, a grandes rasgos, te parece que ha tenido la cultura provincial
o provinciana en nuestro país?
R.: En general ha tenido una imagen
más bien negativa, peyorativa. Las diversas manifestaciones artísticas
o culturales surgidas desde la provincia han acostumbrado a ir acompañadas
de una idea de lo realista, de lo costumbrista o lo regionalista cuya
mayor deficiencia era, en efecto, la falta de esa visión universal
que siempre se ha exigido del arte. La contraposición o el contraste
entre provincia y capital ha estado, en este respecto, muy marcada en
España, casi siempre con menoscabo para la primera.
P.: ¿Te sigue pareciendo,
por tanto, que culturalmente España sigue siendo, en lo fundamental,
un país centralista?
R.: Así es, aunque la provincia,
hoy día, ya no tiene por qué ser ese espacio cerrado y
volcado sobre sí mismo al que antes me he referido. Los medios
de comunicación, el flujo constante de todo tipo de información
o la propia labor enriquecedora de las Universidades -muchas de ellas
de reciente creación- hacen posible que el marco de la provincia
aparezca hoy mucho más abierto que en épocas pasadas.
Y en cuanto a la creación literaria, la provincia puede ofrecer
la nada desdeñable ventaja de permitir la escritura en soledad,
lenta y cuidadosa, alejada de la dinámica de las presentaciones,
las promociones y toda esa parafernalia literaria que distraen al escritor
de su trabajo más auténtico.
P.: En su discurso de ingreso en
la Real Academia, leído en 1897, Pereda defendía la literatura
regionalista en cuanto que "tiene más puntos de contacto
con la naturaleza que con la sociedad, con lo permanente que con lo
efímero y pasajero, con la eternidad del arte que con el humano
artificio de las circunstancias". ¿Estarías de acuerdo
con esa visión?
R.: Hasta cierto punto, sí.
Ten en cuenta que la Naturaleza es un elemento, un ámbito singularmente
fertilizador, es lo universal por excelencia. Por ejemplo, ¿cómo
se podría considerar culturalmente provinciano un espacio como
el de Almería, abierto al Mediterráneo, lugar de confluencia
y puerta de entrada de las más diversas culturas: fenicia, griega,
árabe, latina? Desde luego, en Almería puede uno sentirse
más en contacto con lo universal, con lo esencial -en el sentido
al que antes me he referido- que, digamos, en Madrid, donde esa fuerte
potencialidad simbólica queda diluida en los aspectos más
formales, más artificiosos que conforman una cultura.
P.: ¿Sería posible
entonces establecer cierto paralelismo entre el tópico que contraponía
corte y aldea, formulado entre nosotros en el siglo XVI por fray Antonio
de Guevara, y la oposición más moderna entre capital y
provincia?
R.: Con algunas matizaciones, sí,
por supuesto. Aún puede funcionar perfectamente esa antítesis
entre lo esencial y lo artificial, entre lo primordial y lo meramente
formal que podemos hallar en uno y otro contexto. En definitiva, la
oposición entre un espacio más a propósito para
lo contemplativo, para el beatus ille que cantaron Horacio y fray Luis,
y otro espacio donde el bullicio y el apresuramiento hacen menos propicio
esa tendencia hacia el silencio y el conocimiento profundo de las cosas
que con tanta intensidad sintieron autores como Leopardi o los románticos
alemanes, por ejemplo.
P.: ¿Hasta qué punto
consideras que en el provinciano se mezclan los sentimientos de nostalgia
y de resentimiento hacia la capital?
R.: No creo que exista actualmente
ese resentimiento del provinciano hacia la capital, y en cuanto a la
nostalgia es cierto que, entre los escritores, aún puede percibirse
ese deseo por conseguir para sus obras la caja de resonancia que Madrid
o Barcelona pueden brindar a través de sus potentes editoriales
o de sus medios más externos. Pero, desde luego, hoy en día
no creo que sea tan imprescindible para la difusión de una obra
el hecho de que sus autores hayan de establecerse en esas ciudades o
que tengan al menos que experimentar necesariamente la aventura capitalina,
tal y como ocurría, por ejemplo, con los autores del 98 o del
27. De todos modos, este fenómeno del centralismo se ha visto
tradicionalmente favorecido por las circunstancias históricas,
puesto que España consiguió muy pronto la unidad de sus
reinos y, por tanto, los centros de decisión políticos
y culturales se redujeron cuantitativamente. No ocurrió así
en países de unificación más tardía, como
Alemania o Italia, que al carecer de una Corte centralizada contaban
con multitud de ciudades-estado (Colonia, Leipzig, Weimar, Génova,
Venecia, Florencia, etc.) que eran otros tantos focos de creación
y difusión cultural.
P.: Por último, ¿qué
destacarías de la literatura hecha en provincias?
R.: Basta con hacer simplemente
un somero repaso de los escritores de primer orden que desarrollaron
su labor desde la provincia: Flaubert, Leopardi, Poe, Rilke, Emily Dickinson,
Machado, Clarín, Unamuno... la lista sería interminable.
Ellos, al igual que tantos otros, lograron elevar el ámbito que
sirvió de soporte íntimo y existencial para su escritura
hasta convertirlos en lugares verdaderamente universalizados, final
y esencialmente reconocibles para todos sus lectores, incluso los más
alejados de ellos en el tiempo y en el espacio.
Antonio
Colinas
(La Bañeza, León, 1946)
Bibliografía
Poemas de la tierra y de la sangre (1969). Preludios
a una noche total (1969). Truenos y flautas en un templo (1972). Sepulcro
en Tarquinia (1975). Vicente Aleixandre y su obra (1977). Astrolabio
(1979). Noche más allá de la noche (1983). Un año
en el sur (1985). Hacia el infinito naufragio. Una biografía
de Giacomo Leopardi (1988). Jardín de Orfeo (1988). El sentido
primero de la palabra poética (1989). Tratado de armonía
(1990). Los silencios del fuego ( 1992). Días en Petavonium (1994).
Sobre la vida nueva (1996). Libro de la mansedumbre (1997). Nuevo tratado
de armonía (1999). El crujido de la luz (1999). Premio Nacional
de la Crítica (1975). Premio Nacional de Literatura (1982). Mención
especial en el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos (1996).