Un día, Juan
Ramón Jiménez hablaba con Ricardo Gullón sobre
poesía; llegados a un punto, el creador devanaba un hilo que
le era muy querido:
"La gente retiene del modernismo los vicios: cisnes, princesas,
nelumbos, el oropel de Versalles... Pero es absurdo juzgar una escuela
por los disparates de los decadentes y los imitadores, que sólo
aciertan a imitar lo fácil, los elementos viciosos que accidentalmente
surgen en la creación de los grandes [...] Insisto en considerar
a Unamuno como el más grande de los modernistas, por lo teológico
de su modernismo. Y en él no hay nelumbos".
El poeta ha visto bien: hay elementos viciosos que accidentalmente surgen
y que son imitados. Bástenos con esto. Los tales elementos se
delatan fácilmente en el vocabulario, y nos quedamos ahora con
nelumbos. El modernismo tuvo sus debilidades por un mundo exótico
en el que flores consideradas extrañas venían a crear
un ambiente lleno de sugerencias. Allí, en el modernismo español,
están las ninfeas, nenúfares, nelumbos de Rubén
Darío, en el lago de los cisnes, bajo las estatuas. Se ha contado:
paseaban juntos Unamuno y Villaespesa: "¿Qué flores
son esas, don Miguel?" -"Los nenúfares de sus sonetos".
Pero las palabras tienen mágicas resonancias que dicen más
que las existencias reales.
NENÚFAR
La palabra
procede de la forma árabe naynûfar, consta en el Calila
(mitad del siglo XII) y su empleo no ha presentado interrupción
a lo largo de nuestra historia lingüística, aunque tendremos
que hacer diversas observaciones. Así por ejemplo, la etimología
debe remontarse al persa, del que la tomaron los árabes bajo
la forma naylûfar o nilûfar, que debieron actuar para que
se conformara el extremo nilofar, documentado -sólo- en Chirino
; por tanto, habrá que pensar en un árabe español
nainûfar, única forma que puede dar nuestro nenúfar.
Así pues, ni la etimología de la palabra, ni su identificación,
han planteado especiales problemas. Si acaso ciertas matizaciones de
técnica diccionarista y poco más. Por ejemplo: la Real
Academia acogió la voz en sus inventarios desde 1734:
"Planta que nace en las lagunas y estanques y nada encima del agua
[...] La flor es blanca y semejante al lirio, con unas hebras en medio
como las del azafrán [...] Hay otra especie que se diferencia
en ser la raíz blanca y la flor amarilla. Una y otra la llaman
también nymphea por criarse en las aguas con alusión a
las nymphas".
Y en la de 1899 se redujo todo a unos escuetos, e imprescindibles, elementos:
"Es común en España en las aguas de poca corriente
y se cultiva en los estanques de los jardines".
Teniendo en cuenta lo que acabo de decir, podemos tener bastante seguridad
en las equivalencias que los tratadistas hacen a una flor bien conocida;
de ellas, se repite su correspondencia con la "nymphea arbor",
según hace Nebrija y con él Laguna, Cristóbal Acosta
o los botánicos modernos. En cuanto a las variedades, se señalan
la blanca (Nymphea alba) y la amarilla (Nuphar luteum).
Médicos, botánicos y naturalistas conocieron los nenúfares
y hablaron de su aprovechamiento, del mismo modo que nos habían
contado las aplicaciones de sus heterónimas las ninfeas. Ya en
la antigua Sevillana medicina de Juan de Aviñón , los
nenúfares se empleaban con otros sahumerios para purificar el
aire; Chirino, en Menor daño de la medicina los mezcla con aceite
añejo para su conservación y los aplicaba como somníferos,
mientras que Gordonio los creía eficaces para las dolencias de
cabeza, si se mezclaban con aceite violado; además, en purgas
los recomendaba el doctor López de Villalobos y para diversos
usos Vigo, Jubera, Vélez de Arciniega o Fontecha . Posiblemente,
el nombre no se asoció a ninguna apasionada dolencia, como ocurrió
con las ninfeas, ni privó de placeres venéreos.
Cuanto vengo aduciendo, de una u otra manera nos habla de la vitalidad
de la palabra nenúfar en español, sea en científicos
antiguos o en venerables lexicógrafos; pero su presencia había
comenzado en el siglo XIII, cuando en el Calila e Dimna se pudo leer
bellamente: "Só en esto commo la abeja que se asienta en
la flor del nenúfar, e págase della, e olvida la ora en
que se debe bolar, e çierra sobre ella la flor, e muere. Ca se
abre quando nasçe el sol, e se çierra quando se pone"
. Desde el siglo XIII la palabra ha vivido con una presencia más
o menos activa, pero, al parecer, nunca extinguida. Sin embargo, en
el siglo XIX revivió su uso: Amós de Escalante, Rosalía
de Castro, el guatemalteco Juan Diéguez, Julián del Casal
. Pero fue en el modernismo cuando la palabra entró en el comercio
activo de la lengua (Rodó, Herrera y Reissig, Valencia) y sirvió
para caracterizar a un tipo de poetas; en la Crítica efímera,
de Julio Casares (1919), se retrataba así al espécimen
del género:"era, según el vulgo literario [...],
un 'melenudo' que hacía versos cojos y escribía nenúfar,
lilial, glauco" (pág. 55); y Mariano de Cavia hablaría
de los "jóvenes poetastros que con todos sus asfodelos,
libélulas, nenúfares, gemas de aurora y gamas del ocaso,
son sucesores directos de aquellos ingenios del hijo y el prolijo, del
padre y el taladre" .
Tras el modernismo, la palabra se afianzó y ha quedado como poetismo
, bien que su uso pueda mostrar a veces un pique de ironía .
Sin embargo, su uso en arqueología y su presencia en diccionarios
de provincianismos son testimonio de una arraigo y de una difusión
que superan los estrechos límites de una escuela literaria.
LOS
CAMINOS DE 'NENÚFAR'
La vieja documentación
española de la voz creo que obliga a plantearse con rigor vaguedades
que figuran en los diccionarios, porque no basta con decir que el italiano
nenùfaro o nenùfero viene "dal lat. medv. nenufar
che è dall´ar. ninufar", porque seguimos sin saber
cómo pasó del árabe al latín medieval, por
más que sí, el latín medieval conociera la voz:
en provincias remotas, como las Islas Británicas, se usaron nenuphar
(1250), ninufer (1414), nenupharinus 'made of water-lily' (1250), en
sus textos latinos , aunque Du Cange no atestigüe el nombre de
la flor en la baja latinidad.
Creo, pues, que deben asentarse dos hechos distintos: el origen y propagación
de la voz nenúfar en las lenguas de occidente, y su empleo como
término testimonial de los modernistas. En español la
voz se usó desde el Calila, pero nuestro viejo texto la tomó
de una forma árabe regional, pues de naylûfar o nilûfar
no hubiera salido nenúfar, y es esta forma regional la que prestó
su -n- al francés (en el propio siglo XIII) y al italiano (siglo
XIV). Habida cuenta que el latín británico usó
(también en el siglo XIII) formas derivadas del árabe
regional, hay que inferir en una antigua difusión de la voz.
El foco originario de la variante regional tuvo que ser la Península
Ibérica, como sospecha Corominas, pues es el camino por donde
se transmiten los arabismos hacia occidente.
Por tanto, en España habrá que pensar cuando hablemos
de la forma del arabismo y de su ulterior difusión, pues en ella
se dio el encuentro de las dos culturas, de ella procede un antiguo
testimonio y una vitalidad de la palabra superior y mantenida durante
siglos.
Ahora bien, otra cuestión es la del empleo modernista. Una cuidada
lectura en dos poetas muy amados por los seguidores de la escuela (Banville
y Verlaine ) aclara mucho las cosas. En un poema de 1844, el primero
de ellos nos da una especie de espécimen para nuestros intereses:
Le nymphaea, l'iris,
le nénufar mouvant,
Le bleu myosotis et la pervenche sombre
Penchent étiolés, ou meurent sous cette ombre.
Referencia que puede
completarse con otra:
Les nénufars,
dans la mare déserte,
Fleurissaient sur les eaux.
Pienso que las cosas
han quedado claras: un arabismo español pasó a la literatura
romance de la Península y su caminar empezó por una obra
harto significativa, los cuentos orientales de Calila e Dimna. Después,
y no podemos olvidar el prestigio de los médicos de Al-Andalus,
la palabra migró hacia Europa, donde fue acogida en la literatura
científica desde el siglo XIII. Allí, al margen de las
hablas vivas, tuvo su lánguido vivir en francés, en italiano,
en inglés. En España su fortuna también fue grande
entre físicos, boticarios y naturalistas; pero en los diccionarios
contó siempre desde que Nebrija la acogió. Así
las cosas, probablemente los nenúfares españoles no hubieran
gozado de gran prestigio literario si no hubiera sido por el modernismo,
pues los poetas de nuestro siglo XIX no hubieran resucitarla de no haber
contado con el prestigio de la literatura francesa. Y allí sí,
en un par de calas, encontramos que los nenúfares habían
conseguido acceder a poetas que fueron bien familiares a los nuestros
y, gracias a ellos, el nombre de la flor se reimportó con un
marchamo de prestigio literario. [...]
SIGNIFICADO
Y SIGNIFICANTES
Las ninfeáceas
son plantas acuáticas que, a su belleza, unen un complejo simbolismo
en religiones exóticas. No extraña que impresionaran a
poetas y pintores. Pero la gran familia comprende tres subfamilias:
las ninfeoideas, las nelumboideas y las camboideas; sólo las
dos primeras han interesado a los poetas, que han podido hermanarlas
en sus evocaciones. Un simple problema de nomenclatura afecta a ninfeas
y nenúfares. Se trata de la misma flor cuyo nombre tiene motivaciones
distintas. Dentro de la subfamilia botánica delas ninfeáceas
hay otra planta, el loto, con variedades propias de Asia y Egipto. Así
pues, ninfeas, nenúfares y lotos no se diferenciaban para los
poetas más que por el nombre: su floración bellísima
y exótica vino a ornamentar un tipo de literatura que nosotros
llamamos modernista, que apenas hizo otra distinción entre las
especies que la de cargar a cada una de estas palabras de los sentidos
melódicos o intencionales con que el poeta las dotaba. Después
aparecieron subsidiariamente los nelumbos, flores de la misma familia,
pero de subfamilia distinta. No parece que intencionalmente se viera
en ellos otra cosa que un nombre evocador: botánicamente, hay
nelumbos blancos y amarillos, como los nenúfares o ninfeas; se
les consideró como "una especie de loto", y todo vino
a borrar unas diferencias técnicas harto escasas, pero que nada
significaban ni para el poeta ni para quien no fuera un consumado especialista.
Ninfeas, nenúfares, nelumbos y lotos quedaban, pues, hermanados
en su significado: 'plantas acuáticas, de bella presencia y propias
de países exóticos'. Y en este momento se conforma un
sentido literario del que no podemos prescindir si queremos entender
qué significó este mundo extraño y, además,
tan complejo.
EN
DEFENSA DE LOS MODERNISTAS
He partido
de un texto de Juan Ramón Jiménez en el que se justificaba
lo que de apariencias externas se vio en el modernismo. Pero el gran
poeta cargó en la cuenta de Rubén una sarta de bellas
flores, ninfeas, nenúfares, nelumbos. Bajo la apariencia exótica
de un jardín oriental, el vocabulario modernista que tantos rechazos
habría de tener. No es aquí donde debo decir qué
era verdadero y qué falso y qué vieron los contemporáneos
para extrañar o ridiculizar a un determinado vocabulario. Porque
mucho tiempo después del Rubén galante aún caían
bohordos de censura sobre las flores extrañas. Pero, ¿esto
era justo? ¿O, cuando menos, exacto? Porque tras leer miles y
miles de páginas modernistas resulta que esas palabras apenas
si cuentan algo. La pregunta podría formularse de otra manera,
¿por qué el ataque contra lo que apenas si contó?
Más aún, y acepto mis descuidos de lectura, mis fatigas
en la rebusca, nenúfares no aparecen en Villaespesa, por más
que Unamuno los convirtiera en una categoría con que desdeñar
a los modernistas. La anécdota, a la vista de la realidad, tiene
todos los visos de ser falsa; porque aunque algún nenúfar
se me haya escapado, no podremos creerlo caracterizador de un modo poético.
Lo que ha ocurrido es que hubo en los modernistas un innegable exotismo
que tenía muy poco de original, y en un mundo poblado de elementos
fantásticos (princesas, lagos, cisnes, ensueños) las flores
fueron un referente inmediato. Flores en mil poemas, pero, tantas y
tantas veces, sin la concreción de su nombre, y eso que las ocasiones
no faltaron. Fue suficiente que ninfea se usara en un poema de Julián
del Casal, que nenúfar apareciera, sí, en muchos modernistas
y se olvidaran que también era voz romántica y postromántica,
que nelumbo tuviera una fugacísima aparición en Rubén
Darío para que las tres flores fueran un testimonio de escuela,
cuando tan poco la usaron los poetas de la escuela.
RESUMEN
Y CONCLUSIONES
Ninfea 'flor acuática', es palabra conocida en español
desde la traducción de Plinio hecha antes de 1624 por Jerónimo
de Huerta, el nombre siguió con vitalidad entre los botánicos
y de ellos pudieron tomarlo los poetas decadentes. Sin embargo, de no
haber sido por el prestigio dela poesía francesa, probablemente
la resurrección de la palabra o, al menos, su incorporación
como término poético dudo que hubiera podido producirse:
en nuestra poesía Ninfeas fue el título de un libro de
Juan Ramón (1900), enriquecido con un bello soneto de Rubén,
pero Juan Ramón no inventó nada; el título se lo
brindó Valle-Inclán que debió leerlo en Julián
del Casal o en algún poeta francés. Como he dicho en otra
parte, las Nymphées de Monet no pudieron condicionar a nuestro
modernismo.
A pesar de su tradición científica, ninfeas no fue palabra
que tuviera cabida en el léxico común o literario; contra
su difusión estaba una serie no escasa de términos populares
y otro (nenúfar), bellamente evocador, que tenía una larga
tradición literaria. Pero nenúfar tampoco afectó
mucho a una lengua más o menos generalizada. Pero, frente a ninfea,
nenúfar se sintió como palabra más arraigada y,
en efecto, desde 1734, el diccionario académico define ésta
y a ella refiere ninfea, y los botánicos la consideran como término
más conocido. Pero si ninfea fue una voz salvada del olvido gracias
a una imitación francesa, otro tanto cabría decir de los
nenúfares, por más que éstos contaran con su viejísima
documentación en el Calila e Dimna, con un uso tenaz en la literatura
científica, con un buen conocimiento de los diccionaristas y
con un empleo reiterado por los poetas postrománticos; sin embargo,
y a pesar de su marchamo dentro de nuestra tradición, nenúfar
fue otra vez de esas voces sentidas como caracterizadoras de un quehacer
ocasional. Más aún, algún lexicógrafo de
la categoría de Julio Casares olvidaba todo para sacar de las
baratijas de la escuela unos nenúfares con que se caracterizaba
a los poetas "melenudos"; bien es cierto que se dice "según
el vulgo literario", pero también el vulgo literario repugnaba
del endecasílabo de gaita gallega y Menéndez Pelayo ponía
las cosas en su punto.
Nenúfar tuvo una larga migración por Europa ya desde el
siglo XIII. Pero los caminos de su peregrinar comenzaron en España
con la forma del árabe regional nainúfar, única
de la que pueden salir el latín medieval inglés, el francés,
el italiano y, por supuesto, el español. Si en francés
alcanzó un gran prestigio literario, fue muy tarde, bien entrado
el siglo XIX, y el uso de poetas como Banville o Verlaine o Moréas
decidiría la propagación de nenúfar entre los poetas
modernistas. Con ello nenúfar cohonestaría la vieja tradición
española con la moda ocasional traída de Francia.
[Fuente:
Extraido de Serta Philologica , F. Lázaro Carreter, t. I,
Estudios de lingüística y lengua literaria, Madrid, Cátedra,
1983, pp. 23-46]