El
presente texto, que reproducimos íntegramente, se publicó
por vez
primera en el catálogo de la exposición El espacio privado,
celebrada entre los meses de octubre y diciembre de 1990, en el Centro
Nacional de Exposiciones (Madrid), y cuyo comisario fue Luis Femández
Galiano.
José Ángel
Valente
A Coral que es de
aire
Antonio Flores in memoriam
EL sol caía
del otro lado de la Alcazaba. Descendían las nubes como interminables
pájaros de fuego más allá de las cuevas de Las
Palomas. Todo es puro espacio de la mirada que, en realidad, no existe,
sino que resulta una invención de los visibles. Generan éstos
la pupila. Se ven en ella. Espejo. No nos ven a nosotros. Somos sus
invisibles. Y nada hay en este espacio, sino fuego y líneas de
color extremado, la ligereza aérea de las formas que el viento
da al animal celeste en este instante inmóvil, súbito,
quieto, suspendido de su sola luz. Un pájaro se posa en la quietud
total del propio vuelo, como si desde éste contemplara el sacrificio
solar tan lento y silencioso. ¿Cómo podríamos emularlo
sin garganta, sin pulmón, sin plumaje? Quisiéramos crear
una palabra, una sola palabra, que fuese igual a este espacio quieto
e infinito donde, sin embargo, el mundo muere y nace al otro lado de
su propia imagen. Cataclismo final. Teología de la luz celeste.
Hemos seguido el sol desde hace mucho, desde el comienzo de los tiempos,
dicen. Lo hemos seguido. Se va más allá, del otro lado
de sí, se sume en el costado opuesto de la luz, herido por la
lanza. Cáliz, este espacio de fuego, grial de sangre, donde humillo
mis fauces. Inexhausto.
¿Cómo pensar o imaginar la azotea sin imaginar o pensar
el sótano? Dos espacios extremos de la construcción y,
sin embargo, dos espacios tan íntimamente unidos. Una escalera
de caracol une en la casa uno y otro punto. En el camino entre ambos
se realiza, en verdad, toda la obra alquímica: la ascensión
de la cripta a la luz.
¿Cómo ascender si antes no hemos descendido? Sólo
por eso, puedo ahora, arriba, en la plenitud celeste, convocar al universo,
llamar a los vivos y a los muertos, es decir, apurar mi luminosa copa
de sombra.
Azotea es voz que empezó a utilizarse hacia 1400 y tiene origen
arábigo. Dice el Diccionario de Autoridades que significa terrado
o solana, entendiendo por ella: "Sitio alto en lo último
de las casas, descubierto y sin tejado, cuyo suelo está enladrillado
o hecho con argamasa fuerte para que las aguas corran. En Andalucía
y en otras provincias es muy común en todas las casas".
Aquí, en la última extremidad de la Andalucía Oriental,
azotea no es término que goce de abundante uso. Se dice -y se
escribe- mucho más terrao para significar exactamente lo mismo:
"Sitio descubierto en lo último de las casas". Pudiera
ser que terrado viniera también del árabe tarrâha,
según Corominas, que sirve para designar lo que está o
se echa encima de algo.
La azotea o terrado es aquí algo más que una cubierta
visitable. Es un bello espacio, posiblemente entoldado, para estar al
atardecer, un espacio habitable más que visitable, espacio para
quedarse con un vaso transparente de líquido muy frío
o para iniciar, en efecto, esa interminable o imposible conversación
sobre un nuevo arte mediterráneo. Espacio exótico para
mí, que provengo de otras latitudes, pero que habito con especial
intensidad y ahínco. Con especial pasión.
Estos terrados. de la vieja ciudad, que encuadran el remate del patio
de luces en la vivienda almeriense tradicional, sirvieron antaño
para múltiples usos. Se utilizaban como pajareras para la cría
de palomas, según aún se hace ahora, pero también
para la simple cría de gallinas y pollos, como abajo el sótano
-provisto de pila y aljibe- podía ser espacio ritual de la familiar
matanza.
El terrado es un elemento vivo y fuerte, muy fuerte, de la habitación
humana en el oriente andaluz. Cierra la casa o la cubre, pero también
la descubre o abre hacia lo celeste, como se abre la palma para recibir
la soberana luz.
Subamos, pues, a la azotea o terrado para que el visitante, nuestro
amigo, vea en el crepúsculo el rápido vuelo cruzado de
los vencejos. Desde allí se avizora un paisaje urbano de blancas
casas cúbicas y terrados planos, la piedra y la tierra desecada
por el sol y por la miseria del cerro de San Cristóbal, la Alcazaba
al poniente. La luz, la naturaleza, las techumbres, las viviendas mismas
pertenecen a otra geografía, a otra cultura. En el corazón
de la ciudad vieja, desde lo alto, nos soñaríamos sin
dificultad en algún lugar del Magreb.
El reloj del deplorable Ayuntamiento rompe las posibilidades del encanto.
Tiene el reloj una grabación del fandango de Almería,
pero el triste artefacto está deteriorado, le faltan notas, destroza
metódicamente los oídos. Nadie lo arregla ni lo suprime,
que sería, ciertamente, lo más noble.
Lo mutilado, lo defectuoso, lo roto, lo lentamente putrefacto parece
parte del vivir cotidiano. Tal vez para que así lo sea siempre,
y como para hacer del simple error destino, las gentes de esta ciudad
abandonada escogen con tan menguado aviso a sus autoridades públicas
o se las dejan imponer. ¿Hasta cuándo?
Y de ese modo se hace aquí el Sur, más que en otro lugar,
lento desmoronamiento sin fin, sobre el que se tiende desde lo alto
la mirada, húmeda de amor y de melancolía.
*
* *
Cuando escribo estas
líneas tengo ante mí la silueta de la Alcazaba de Almería
en la luz, ya un poco vencida, de la tarde. En los terrados vecinos
un grupo de hombres jóvenes regula con silbidos el vuelo de una
bandada de palomas con las alas pintadas.
Hace nueve siglos, el padre del místico Ben al Arif, Mohamed
Ben Musa, formaba parte de la guarnición de la Alcazaba. En ésta
o en sus aledaños debió de nacer el futuro maestro de
espirituales, para el que su padre había escogido el oficio de
tejedor. Y de algún modo lo fue: tejedor de más sutiles
y delicadas tramas.
Según un manuscrito de la Colección Gayangos, que Asín
cita, el sobrenombre Ben al Arif se debía a que el padre había
ejercido en Tánger, de donde era originario, el oficio de jefe
de la vigilancia nocturna. Curiosamente, la palabra arif designa también
al contemplativo y, en los oficios relacionados con la arquitectura,
al que tiene capacidad de vigilancia y de reconocimiento de las obras
públicas, de donde pasó al castellano, con más
humildes sentidos, la palabra alarife.
"La ciudad de Almería era en aquella época -escribe
Asín Palacios- el principal foco del sufismo esotérico
de Alandalus [ ...]. Al comenzar el siglo VI de la hégira, en
plena dominación almorávide, Almería vino a ser
la metrópoli espiritual de todos los sufíes españoles."
La formación de ese clima espiritual había empezado mucho
antes, cuando en los últimos tiempos del califato los místicos
cordobeses de la escuela de Ben Masarra buscaron refugio aquí
-como lo había buscado Ben Hazm, el famoso autor de El collar
de la paloma- y establecieron una comunidad religiosa en Pechina, ciudad
que fue, en rigor, el primer núcleo de cultura de la región
almeriense en esa época. Las comunidades de Pechina representan,
sin duda, el punto original de enlace con cuanto iba a vincular más
tarde la espiritualidad de Ben al-Arif con la mística de los
masarríes.
Pero ya antes de Ben al-Arif había recorrido las tierras de Almería
un místico de intensa proyección popular, Mohamed Ben
Isa de Elvira, que predicaba por calles y plazas la unión del
alma con Dios.
Tierras éstas, ya entonces recónditas y extremas, de monjes
y de místicos. Nada tiene, pues, de extraño que quien
acaso fue el mayor teólogo místico del mundo islámico,
lbn' Arabí de Murcia, lector privilegiado del Mahasin al Mayalis,
relacionado por la amistad y el mutuo reconocimiento con Abu Abd Allah
al-Gazzal, que fue el principal de los discípulos de Ben al-Arif,
escribiera en la ciudad de Almería, durante el mes de ramadán
del año 1198, en el breve lapso de once días y bajo el
flujo ininterrumpido de la iluminación divina, su libro Mawaqui
al Nochum o Guía del novicio, que puede pasar con él,
sin ayuda de maestros de espíritu, desde la práctica externa
regida por la luz de las estrellas hasta la secreta luz lunar que sólo
alumbra al místico en los estadios superiores de su experiencia.
El propio lbn' Arabí recuerda en el Fotuhat que, según
testimonio de Al-Gazzal, había entre los discípulos que
acudían a las clases del maestro Ben al-Arif un hombre particularmente
secreto y silencioso. Tanto, que inspiraba temor reverencial. Intrigado
Al-Gazzal, lo siguió, al término de una lección,
por las callejas nocturnas de la ciudad y pudo ver con sus ojos cómo
un ángel descendía del aire y le daba un pan por alimento.
Entre la Alcazaba y la azotea donde escribo vuela en amplios círculos
una bandada de palomas con las alas pintadas. La luz se reduce hacia
el poniente. Tales hombres habitaron este mismo lugar. Acaso, de algún
modo, lo habitan todavía. O acaso, digo, nosotros escribimos
aún sobre sus respiraciones sumergidas, sobre las tenues, no
visibles membranas de su espíritu, sobre la latitud de su resurrección.